Yo también, al igual que muchas mujeres, estuve a punto de ser la amante.

Él fue mi primer amor, y realmente lo amé. ¡Diablos! Y cómo no amarlo, si fue mi primera ilusión, fue quien despertó nuevas emociones y nuevos sentimientos. Provocó una revolución en mi mente y en mi cuerpo.

Pero esa misma juventud e inexperiencia nos hizo cometer muchos errores, errores que por orgullo e inmadurez, no supimos resolver. Por lo que, después de casi tres años juntos, el adiós fue definitivo.

Al principio lloré y lo extrañé, ¡y mucho! Pero ni por un momento pasó por mi mente regresar con él. A pesar de ser un capítulo inconcluso, quería cerrarlo y superarlo, y es que con tanta vida por delante, lo tenía todo para comenzar nuevas historias.

Después de muchos años, la vida, o el destino (como quieran llamarle) nos hizo coincidir nuevamente. Sólo que está vez de forma diferente, él ya era un hombre casado y con dos hijas. Yo, divorciada. No hubo ni un saludo, lo cual era más que lógico, sólo miradas cargadas de sorpresa. Pero eso no fue ningún obstáculo para que rápidamente me buscara, algún beneficio deben tener las redes sociales, ¿no? Por lo que no tardo en mandarme mensajes (bajo un perfil falso). Por mi parte, me entusiasmo la idea de saludarlo y volver a saber de él. ¡Sólo eso!

Pero por su parte no fue así, comenzó a reabrir viejos capítulos, a querer hablar de aquello que quedó inconcluso. No tardo en pedirme que nos viéramos, y según “sólo para platicar”. Acepté, pero dentro de mí, me inquietaba mucho la idea, por sentido común sabía que no era buena. Además, me sentía muy nerviosa, como en las citas cuando éramos adolescentes.

Todo marchaba bien (excepto sus miradas cargadas de deseo); nos reíamos como dos tontos de lo que vivimos años atrás, de lo inmaduros que fuimos y bla, bla. bla. Y así hasta que busco la oportunidad para querer besarme. Lo detuve, no por ganas, sino porque me parecía muy rápido y nada correcto. Como mujer divorciada, podría no tener mucho que perder, pero no lo sentía así. Sí tenía mucho que perder. No le valieron mis motivos, y después de un largo choro de sentimentalismo, me propuso que fuera su amante.
Por un momento, sentí que el tiempo y el espacio se paralizaron. No lo voy a negar, fue tentadora la idea, él estaba más atractivo que nunca. Y en milésimas de segundo me asaltaron muchas ideas. El vivir algo distinto a lo que nunca había vivido. El salir de la monotonía, la idea de vivir esa adrenalina que provoca lo prohibido, el saber que no habría ningún compromiso, que no tendría que asumir el papel de esposa servicial, y que en mi rutina no entraba ningún deber como lavarle la ropa, despertar temprano para prepararle el desayuno y detalles así. Que sólo me limitaría a “la parte bonita” de pasar unas cuantas horas con él al día o esperar el momento que tuviera la oportunidad, para disfrutar de su compañía, y que si nos veíamos, sería porque realmente quiere estar conmigo. Y sin dejar de mencionar que los amantes suelen ser muy generosos, y cómo no, si al tener una relación con ellos, el silencio debe ser bien remunerado.

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Pero así de rápido como llegaron todas esas ideas, así se esfumaron. Sé que parecía un juego, pero no lo era, y que podría terminar como normalmente terminan la mayoría de las mujeres que se atreven a vivirlo: ¡ENAMORADA DE UN HOMBRE CASADO!

No sé si fue la madurez o esa lucidez repentina que me abrió en un instante los ojos, por lo que mi respuesta rotunda fue: “NO, GRACIAS, ¡NO QUIERO SER TU AMANTE!”. En ese momento no pude explicarle todos los motivos, pero no tardé mucho en escribirlos y mandárselos por un discreto mensaje a su cuenta falsa.

No quiero ser tu amante…

Porque empleaste conmigo los mismos argumentos de un infiel: No soy feliz, No la quiero, Sigo con ella por mis hijas, Hace tiempo que no tenemos relaciones, etc. Vaya, ni siquiera fuiste original, utilizaste la misma trampa que utilizan todos los de tu tipo, mucha labia para pretender pasar el rato.

Porque no vine a este mundo a llenar vacíos (ni los tuyos ni los de nadie), ni a ser el pañuelo de lágrimas de alguien que no tiene el valor de tomar decisiones importantes y resolver su vida. De alguien que no tiene el valor de curar sus heridas emocionales. Bastante me ha costado sanar las mías como para permitir que llegue alguien y me quiera hundir en el abismo con él.

Porque soy humana, y sobre todo, soy mujer. Sé que no somos dueños de nadie, por lo tanto, nadie le roba nada a nadie. Pero sí somos personas con libre albedrío y no voy a ser yo, no quiero ser yo, quien destruya una familia. Y como mujer, me pongo en los zapatos de la esposa, y simplemente, no haría lo que no quisiera que me hicieran a mí. Te sugiero lo mismo, piensa por un momento ¿qué sentirías si la situación fuera al revés, si fueras tú a quien están siendo infiel?

Porque para mí, uno de los valores más bonitos que tiene el ser humano, es la sinceridad. Y al prestarme a dicho juego, estoy dispuesta a vivir en un mundo de mentiras, de falsas promesas, de ilusiones que rara vez, serán realidad. Lo siento, no quiero un futuro incierto basado en utopías.

Porque no quiero ser la sombra de nadie, yo nací para brillar, para caminar al lado de un gran hombre que se sienta orgullosa de mí y que ese orgullo lo grite a los cuatro vientos, y por qué no, al mundo entero.

Porque no estoy dispuesta a pelear por un papel importante en la vida de un hombre, si realmente me quisieras en tu vida, me darías mi lugar como la mujer valiosa que soy para ti.

No quiero ser la amante porque el que la hace una, la hace dos, tres o más veces. Y en dado caso que llegarás a terminar tu matrimonio por mí (que no lo creo), sé que tarde o temprano me harías exactamente lo mismo. Y ni siquiera tendría cara para reprochártelo, porque así te conocí y sabía exactamente hasta dónde eres capaz de llegar.

Porque no estoy dispuesta a competir con nadie, mucho menos con otra mujer. Y menos por el amor de un hombre que no lo merece.

Porque sé que corro el riesgo de enamorarme, de saber que cuando te necesite no estarás allí, que tendré que tragarme mis lágrimas, sola en la oscuridad de la noche. Corro el riesgo de salir lastimada y ver que para ti sería fácil salir corriendo dejando en mí un gran vacío por dentro y muchas heridas que sanar.

Pero principalmente, no quiero ser tu amante porque me amo y me valoro. Porque al igual que cualquier otra mujer, soy importante, única y tengo mucho que ofrecer. Porque no vine a este mundo a ser la opción de nadie, no quiero, no necesito un amor a medias. Si aceptará ser la otra, la que se conforma con migajas (de tu tiempo y de tu amor), la que no tiene dignidad ni se respeta, nadie más me respetará, ni siquiera tú, mucho menos yo. Las migajas son para personas conformistas, inseguras que no aspiran a más porque, simplemente, no cree merecerlo. Y yo lo merezco todo, merezco que me amen, que me den atención, tiempo, cariño, comprensión y respeto, no sólo sexo y efímeros momentos de felicidad.

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Creo que fui bastante clara, porque no recibí contestación alguna. Y eso más que otra cosa, sólo me dio una gran satisfacción porque no tengo tiempo para alguien que no me tome en serio y me haga dudar de la mujer valiosa que soy.

Hace poco lo volví a ver en un parque con su familia, jugaba con sus hijas. Al igual que él, hice como que no lo vi, sólo continúe mi camino y sonreí de la forma más sincera, llena de paz y gratitud hacia mí misma por haberle dado la mejor respuesta de toda mi vida…

… ¡¡LO SIENTO, PERO NO QUIERO SER TU AMANTE!!

 

Autor: Karla Galleta



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