Sería perfecto poder amar automáticamente a la persona que te ama, a quien da todo por ti, a quien te demuestra lo especial que eres y te valora, y le gusta exactamente lo que eres, con tus defectos y virtudes, tus malos o amargos ratos, con tus sonrisas y ojos alegres, con tus lunas torcidas y muchas más cosas que forman parte de ti.

Sin embargo, no siempre sucede así, y quien nos ama, no es a quien amamos, pero aun así, contra todo pronostico, nos embarcamos en relaciones que no vibran a la misma frecuencia, en donde no estamos a gusto porque, lamentablemente, no sentimos el mismo amor que nuestra pareja, sentimos que no va bien, que no hay sintonía, armonía o sincronía. Insistimos en que la relación funcione, aún cuando no funciona. Y algunas veces, lo hacemos pensando que con el tiempo los sentimientos pueden cambiar y podemos llegar a sentir amor, porque optamos estar con alguien a estar solos, porque es una buena persona y tememos no encontrar algo mejor, por miedo a terminar la relación y herir a la otra persona, por que es bonito que nos amen y lo preferimos en lugar de amar), por la comodidad de no salir de la zona de confort, por costumbre, por culpa, por los hijos, algunos incluso, por dinero, o simplemente, en algún tiempo le llegaste a amar, pero ese amor llego a su final o estás confundido.

Pero se nos olvida que a fuerzas, ni los zapatos entran. Que no entregarte al cien por ciento y no tener como prioridad a la persona que comparte su ser, su sonrisa, sus suspiros, sus sueños, su tiempo, su corazón y el anhelo de un futuro juntos contigo, es una deslealtad y de los peores engaños hacia ella, pero sobre todo, hacia ti mismo, que tarde o temprano, la vida te hará pagar. Porque en todo caso, lo que debería ser amor verdadero, se convierte en frustración, en desilusión para desembocar en una decepción terrible, un sufrimiento intenso y una culpa que nos deja vacíos, ya que esa persona que hace tanto por ti y te ama profundamente, terminará por alejarse, por finalmente decidirá quitarte de su camino y recordarte, que todo tiene un límite, y ya no serás más prioridad.

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No hagas lo que no te gustaría que te hicieran a ti, no es justo, las personas no son marionetas que puedes manejar o utilizar a tu antojo. En nuestra vida siempre tenemos la capacidad de elegir y siempre es tiempo de hacer lo correcto, de apreciarnos, honrarnos y valorarnos, no sólo a nosotros mismos, sino a quienes nos rodean. Quizá le quieres o le tienes cariño, pero de manera diferente, como amigo, confidente, hermano, y esto también es otro tipo de amor, por lo que ese sentimiento te puede ayudar a pensar en él o ella, a que le desees lo mejor y pongas todo de tu parte para que sea feliz, dejándole ir.

Hay amores que en lugar de ayudarnos a crecer y ser mejor persona, nos impiden volar, pero lo peor de todo, es que muchísimas veces, lo hacemos nosotros mismos, por voluntad propia.

Dejar ir te ayudará a volver a un lugar lleno de paz y tranquilidad. Te hará libre y podrás recuperar tu autenticidad, sólo si eres sincero contigo mismo y con esa persona. Puedes separarte con amor, sin dramas, y sí, puede que al principio te duela, pero una vez que el dolor se vaya, te sentirás más vivo que nunca. Empezarás a ver todo desde una perspectiva diferente y comprenderás que dejar ir lo que no te hace completamente feliz, es un signo de fortaleza, valentía y gran amor hacia ti mismo, y hacia la otra persona, porque le estás dejando no porque no te importe, o porque ya no le necesites o quieras en tu vida, sino porque entiendes que será más feliz en otro lugar, y tú también, serás más feliz en otro lugar.

Lo que no puedas transformar en algo maravilloso, que no provoque ganas de abrazarlo con todas tus fuerzas y tu corazón, que no te haga vibrar, que no te permita ver un futuro a su lado, que te produzca incertidumbre o culpa, que no saque la mejor versión de ti mismo, que no te haga sentir como la mejor relación que te ha pasado, que te haga buscar constantemente excusas, que te haga sentir raro, difuso y confundido…. Déjalo ir!

 

Te lo agradecerá… y te lo agradecerás tú mismo.

 

Autor: Karla Galleta



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