Hay formas de matar, formas de torturar, formas de olvidar y el camino más corto, agónico y cruel es la indiferencia.

Como decía el psicoanalista Sigmund Freud: “Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia”, y cuanta razón tenía al aseverar tal cuestión. El amor y el odio son dos caras de una misma moneda, están tan juntitas que podemos pasar de un estado al otro sin darnos cuenta, en cambio, la indiferencia, es fría como la hiel. Es por eso que cuando la pasamos mal con alguien a muchos les gusta “matar con indiferencia”

La indiferencia como tal es sólo la falta de interés o afecto, mientras que el odio es la aversión hacia alguna persona o cosa cuyo mal se desea. Personalmente no sé exactamente que tanta distancia haya entre los dos términos, pero a veces, la indiferencia hace más daño que una aversión declarada y si ella proviene de una persona que de alguna manera y sin grandes esfuerzos se mete dentro del corazón, es terrible. No hay nada más desconcertante y dañino que sentir un vacío emocional de parte de personas que nos resultan importantes.

Al corazón no hay quien lo entienda, a larga siempre hace lo que quiere cuando no es conducido por la razón y es precisamente cuando esa indiferencia que no se espera de alguien que quieres duele mucho más que el odio, es entender que para el otro no significas nada y no le importas en absoluto, esa es la indiferencia real y verdadera cuando no eres nada en la vida de esa persona y como dice una frase muy sabia “ la indiferencia se convierte en la respuesta más dura aun cuando esperas poco”.

La indiferencia en algún lugar recóndito de nuestro corazón (o en la superficie, ¿por qué no?) duele más que el odio. ¿Pero… por qué? ¿Por qué somos masoquistas? ¿Por qué preferimos que nos odien? No es que prefiramos que nos odien o nos tiren a matar, pero justamente la falta de interés hacia nosotros es lo que nos duele. ¿A quién no le ha pasado alguna vez esperar una llamada o un mensaje inpacientemente? Esperar segundos, minutos, horas, días… hasta meses, pero el maldito teléfono no suena y decimos help!!!!!!!! ¡Ayúdenme! En “los tiempos virtuales” que vivimos esperamos que nos escriban aunque sea dos palabras por mensaje, o el celular se convierte de pronto en una prolongación de nuestro cuerpo esperando un mensaje de texto del objeto de nuestra pasión.

No hay duda, la indiferencia duele en el alma más que el odio. Por ejemplo, cuando odiamos a un ex, es porque estamos todavía pendientes de esa persona, porque hay algo que nos llama la atención de sus actitudes, porque genera una pasión en nosotros, una pasión desenfrenada, tumultuosa, pero pasión al fin, en cambio la indiferencia roza el desamor.

La indiferencia puede ser un arma muy poderosa, y su concepción puede variar dependiendo del tipo de indiferencia y por ende de la persona; y a mi modo de ver hay dos tipos de indiferencia, la verdadera y la fingida. La primera es fría como un Ice Berg, porque no es simplemente ausencia de respuesta, sino que trasmite un mensaje muchas veces agresivo que nos indica que importamos “demasiado poco”, es cuando notamos que al otro le importa todo un cuerno, cuando ante una sonrisa nos mira con desgano como diciendo ¿y ahora qué quiere? Es la que ante la espera, desesperamos; es en la que preferimos el odio más fuerte a ese implacable y estéril sentimiento que es la indiferencia, no queremos que nos dejen afuera. La fingida es sólo una táctico o artimaña utilizada por algunos de los amantes para generar reacciones en el otro, para llamar la atención y ver hasta qué punto son importantes: ¿pero a este/a qué le pasa que no ha venido a verme? ¿por qué será que no me llama más? ¿Prefirió a fulanito o menganito a estar conmigo? O el típico “yo le doy todo y él/ella no me da nada”. Pero no nos desesperemos, es sólo un ardid, un simple juego, lo otro, lo otro es distinto, es una herida profunda a nuestro corazón.

Es muy sencillo percibir cuál de las dos indiferencias es, si es la verdadera, podemos darnos cuenta que la otra persona está en otro mundo, como dicen por ahí, “tan cerca, pero tan lejos” o por ejemplo te trata sólo para lo necesario y casi porque es obligatorio… y además de ello, no da pie para dar un primer paso a ver si se soluciona “el problemilla”, porque en realidad la otra persona ya paso la hoja y te olvido, no le importas y ya dejaste de ser algo en su vida, no necesariamente te odia, pero no le importas… Igual sigue doliendo ¿no?

Y si es totalmente fingida te das cuenta cuando te esquiva miradas, cuando sin darse cuenta se buscan mutuamente y esperan el lugar, la hora justa para saber donde se verán y hacer como que “No me importa, nada que ver” y de reojo andas mirándole cada movimiento, es un desdoble casi que “cursi” porque si por ti fuera estuvieras cerca de esa persona y volver a empezar, así que, si es fingida y se siente a lejos, no hay que darse por vencida (o) porque hay oportunidad, siempre y cuando ,cuentes con tiempo para dar el primer paso o de lo contrario pasaran los días y llegará un día donde te arrepentirás y ya no se podrá hacer nada al respecto.

La indiferencia es buena hasta cierto punto y sólo debe ser usada cuando haya una razón completamente fundada y motivada. Pero si sentimos la verdadera indiferencia habría que aplicar lo que decía el genial Amado Nervo: “Quiero a la que me quiere y olvido a la que me olvida”. No era ningún tonto, Amado; ante todo amor propio.

“Cuando ya no te quieran, lo sabrás, aunque no te lo digan. Lo sentirás desde lo más profundo porque la indiferencia jamás pasa desapercibida.”

– Walter Riso

 

 

Publicado por Karla Galleta



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