En soledad, vienen a mi mente aquellos amargos y tristes recuerdos forjados a tu lado. No es que hayan venido solos, es que intento recordar aquella parte de mi vida en la que me perdí, ¡sí!, aquel absurdo capítulo en donde me dejé vencer por ti. Puedo sentir un ligero ardor en mi garganta queriendo salir de ella un sollozo y sé que mis ojos han logrado cristalizarse, pero esta vez no habrá lágrimas de por medio. Esta nueva versión de mí no se permite derramar una sola lágrima por ti; en primera porque no lo vales, en segunda porque no lo mereces y en tercera porque al fin me he liberado de ti.

Puedo recordar con rabia todos aquellos momentos en que me heriste. Aquellas escenas en las que observé como jugabas conmigo y muy a pesar de ello, me quedé cruzada de brazos, callé (que gran estupidez). Puedo saborear ligeramente lo amargo de cada discusión, esas mismas en las que según tú siempre tenías la razón. Y aun me cuesta comprender todo lo que soporté, pero también me doy cuenta lo cierto que hay en aquella frase:

hasta el corazón más enamorado, se cansa de ser lastimado.

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Y fue por eso que me marché. Cansada de ser la derrotada y de verte victorioso cuando eras tú quien en realidad fallaba. Y es que tanto dolor se me fue acumulando en el pecho. En algún momento me hice inmune. Ya no logré sentir más.

No puedo negar que fue muy duro tomar la decisión de dejarte atrás. Empacar todas mis cosas y marcharme. Fue aún más duro el elegir qué recuerdos llevarme y creo que al final opté por llevarme los peores, de esta forma sabía que no habría marcha atrás y que si en algún momento tu deseabas regresar, esos recuerdos serían mi escudo y me darían valentía para decirte ¡no!

Los buenos recuerdos se esfumaron, supongo. Los fui soltando de poco a poco. No es fácil ver como a diario la persona con la que has vivido cosas irrepetibles, esa misma que te ha hecho sentir lo que con ninguna otra sentiste, te hiera una y otra y otra vez. Que te vea sangrando y no haga absolutamente nada por sanarte. Que sea tan egoísta que tan solo piense en sí mismo, sin importar en el abismo en que sus crueles acciones pueden dejar a otro ser.

No sé en qué momento asumí aquel estúpido papel de tonta. Lo peor no fue fingir ante los demás que nada ocurría, que entre nosotros todo marchaba bien. Lo peor fue creerme tan ridículo papel. Me mostré indiferente ante tus acciones, supongo que a toda costa quería evitar la más mínima discusión. A pesar de ello continuaron tus provocaciones, frente a mi hacías y deshacías sin importarte mi sentir, sin importarte si con ellas me hacías sufrir. Lo peor de todo es que yo te justificaba. Erróneamente pensaba que quizás algo en mi estaba mal y cada día más me esforzaba, para que tú por fin me miraras y te detuvieras a pensar y a reflexionar, que te dieras cuenta que en verdad me amabas.

A veces llegaste a ser tan cruel y lo sabías, porque inesperadamente llegabas con disculpas para mí, disculpas que no merecían ser aceptadas pero lo hacía… mi tonta justificación es decir que era porque te quería.

Y sin embargo con ello tu más te crecías. Sabías que al final del día terminaría perdonándote, por eso no te importaba el volverlo a hacer. Te ganabas mi confianza y entre más lo lograbas más fuerte era el próximo golpe. Te sentías tan seguro de que siempre estaría para ti, por eso no te importaba si me lograbas herir.

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Entre más amor te daba, menos te esforzabas por hacerme feliz

Me dejabas para rato. Ya no te provocaba ninguno de mis encantos. Y tampoco ninguno rompía con aquella enferma situación. Yo por pensar que te quería (lo cierto es que ni yo misma me quería), y ¿tú? No puedo precisar porque razón. Lo cierto es que cuando sentías que me alejaba un poco, hacías de todo para poner nuevamente a mi corazón loco y así volvía a caer, convencida de que las cosas cambiarían para bien.

Pensando ingenuamente que esta vez eras sincero, que realmente lucharías porque estuviésemos bien, que me demostrarías con hechos todo aquello que decías con palabras. Que volverías a hacer aquel hombre del que realmente me enamoré y es que esa versión de ti, en la que sin saber cómo ni porqué te llegaste a convertir nunca estuvo en mi lista de prospectos, si tú te hubieses mostrado así desde un principio, sabes que jamás te hubiese elegido.

Y de pronto cuando todo parecía marchar ¨bien¨, volvías a la misma mierda. Una y otra vez. Y yo de tonta acababa con mi dignidad, pensando que lo peor era estar en soledad.

Lo peor es estar con alguien que te haga sentir así… sola.

Cada vez te fuiste volviendo más descortés, más sínico, menos simpático. Te convertiste precisamente en todo eso en lo que yo nunca hubiese podido enamorarme. Y sin saber a estas alturas porqué, continúe. Me quedé a tu lado esperanzada a que tú me voltearas a ver y te dieras cuenta que lo que me hacías no lo merecía. Continué y callé. Me convertí en la sumisa que tiempo atrás la definición me causaba tanta risa. Me quedé y poco a poco fui abriendo los ojos y comprobé que te habías convertido en un ser tan detestable que antes nunca hubiese podido querer. Y ahora te elegía, incluso te defendía de mi propio odio, de esa rabia que comenzaba a consumirme, de mi desprecio y mi desamor. Quizás porque había entrado en una zona de confort, esa en la que prefería estar así antes que vivir sin ti, muy a pesar de estar consciente de que definitivamente no eras lo más conveniente para mí.

Y de pronto me miré en el espejo, pude ver con claridad aquello en lo que me convertí. Una mujer débil, sumisa, tonta y dejada. Una mujer a la que fácilmente manipulabas. Y no, no todo es tu culpa. La culpa en gran parte fue mía. Tú, porque no fuiste sincero, porque me enamoraste con caretas que no eran ciertas. Yo, porque a pesar de conocer la falsedad en ti, tu verdadera personalidad, observé, callé y me quedé. Te di un valor único que no me di ni yo misma. Me desvaloricé y nunca debió ser así. Miré en el espejo a una mujer derrotada, insensible y cansada. Una mujer que te daba más de lo que te merecías y que a cambio no recibía siquiera un buen trato. Y fue por ello que rompí con el encanto, decidí liberarme de ti.

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No importa cuánto jures esta vez. Lo cierto es que nunca cambiaras, lo sé muy bien y lo sabes también. No importa cuando digas que me extrañas y deseas verme. Esta vez no caeré. ¡No! Porque jamás me valoraste, porque me ha costado mucho el superarte. Porque me llevó mucho tiempo sanar mis heridas y darme el valor que en realidad merecía. Porque sé que tú solo cambias un tiempo, me sientes segura y la vuelves a hacer. Porque en realidad no me amas, solo te amas a ti mismo y es tan grande tu egoísmo que no te importa herir y mentir.

Y puede ser que una parte de mi aun te ame, pero el amor por mí misma es más grande. Y aunque no lo creas deseo que te vaya bien. Ojalá que aprendas el valor que debes darle a una mujer, sobre todo si es alguien que te ama con todo su corazón, así tal cual lo hice yo. Ojalá que en verdad nunca llegues a extrañarme, ni a valorar todo aquello que en su momento despreciaste. Aquellos detalles y momentos que ignoraste. Aquel amor tan sincero que pisoteaste. Ojalá que aquellos recuerdos ¨buenos¨ qué te dejé no te hagan arrepentirte, porque aunque todos merecemos una segunda oportunidad, lo cierto es que tu no supiste apreciar las mil que yo te di. Ahora ya es muy tarde.

Me di cuenta que estoy mucho mejor sin ti. Que nunca es tarde para volver a comenzar y que no hay mejor aliada que la soledad. Ahora sonrío nuevamente y me siento plenamente enamorada de mí, de esta nueva versión que gracias a ti construí.

Ahora soy feliz sin ti, y no me cabe la menor duda que liberarme de ti, fue lo mejor que pude decidir.

Autor: Stepha Salcas



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