Me encontró destrozada… entre mis manos sostenía pedazos de mi corazón, de mi pasado, de mi historia; me acogió, abrió sus brazos para mí, fue tan fuerte como los cerró estando yo dentro, que logró juntar cada estructura deshecha, pegó con cada beso, con cada caricia, con cada noche a su lado esos pedazos que sostuve en mis manos por tanto tiempo.

Y cuando al fin me reconstruyó y me devolvió íntegra, completa, sin heridas, sin complejos, sin fantasmas, sin más miedos… me dejó en libertad para que volara, para que buscara mi camino, no sabiendo que mi camino hace mucho lo había encontrado, mi verdadero sitio, mi lugar favorito para permanecer era a su lado.

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Renunció a mí, no por falta de amor, ni siquiera porque no lo llenara… sentía que su misión había sido curarme, y mientras me curaba se curaba también él, quizás ese era el problema, quien quería volar era él, no porque quisiera alejarse de mí, no porque no quisiera verme más, había estado tanto tiempo recluso entre sus miedos y sus fantasmas que necesitaba volar, conocer más cielos y, tal vez, uno que otro infierno.

Y fue así que ambos volamos, lejos, ninguno cuestionó la decisión. Quizás pensamos que era lo mejor para ambos, lo más correcto ¡qué estupidez!, lo más correcto hubiese sido permanecer en nuestro cielo y dejar que el viento nos llevara a donde quisiera, pero juntos, sin importar las tormentas; pero quizás era más nuestro miedo de quedarnos y estropear lo que llevábamos, a iniciar una aventura en lo desconocido.

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Así que volamos por distintos caminos, sin tropezar de nuevo el uno con el otro, y conocimos más infiernos que cielos y al final del día, cuando el atardecer caía en todo su resplandor, ambos mirábamos a la nada o tal vez al cielo lleno de estrellas que tantas veces vimos juntos y divagando entre los recuerdos llegábamos a uno en especial, quizás ya no compartíamos nada excepto ese recuerdo, ese tormento, esa duda que carcomía el alma, el corazón y la mente día a día…

¿Qué hubiese pasado si hubiésemos permanecido en el mismo cielo, en nuestro cielo?

¡Maldita sea!, exclamábamos los dos, al mismo tiempo que recordábamos nuestras añoranzas, nuestras vivencias juntos, esa química que compartíamos, esa manera tan completa de entregarnos el uno al otro aun con la idea en mente de que no nos pertenecíamos y sin embargo qué bien encajábamos. Parecíamos estar hechos el uno para el otro, una llama perdía su fuerza y resplandor al lado nuestro haciendo el amor, -¡qué días aquellos!, pensábamos ambos al mismo tiempo que dejábamos escapar un suspiro…

Pasaron los días, se repitieron tantas veces las épocas del año, cambiamos de nido tantas veces y en uno que otro permanecimos un par de meses, y sin embargo, no hubo una noche desde que cada uno voló de nuestro cielo en que no miráramos las estrellas y echáramos de menos los días pasados.

Y qué cobardes fuimos, por no saber permanecer, por no saber luchar, por no tener la valentía, la fuerza y el coraje de continuar y aunque deseamos con todo el alma volver, jamás lo hicimos… no por dudas ni falta de amor o de pasión, de eso había de sobra, fue más la incertidumbre de imaginar al otro con alguien más, en un nido estable, con las piezas completas; ninguno imaginó que estábamos igual: ¡deseando volver!

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Y si alguien me hubiese dicho que él aún me pensaba, y si alguien le hubiese dicho que yo aún lo soñaba, y si ambos nos hubiéramos armado de valor al principio y jamás hubiésemos volado. Hubiésemos conquistado tantos cielos juntos, hubiésemos volado más lejos… pero él hubiese no existe, jamás sabremos lo que en realidad pudo pasar.

Me encontró destrozada, me devolvió íntegra y me dejó en libertad para que volara ¡lejos de él, pero recordándolo siempre!…

Autor:   Stepha Salcas



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