Dicen por ahí que a las mujeres no hay que entenderlas, hay que amarlas, lo cual me hace pensar mucho en el hecho de que cómo carajos exigimos que los hombres nos amen, cuando entre nosotras mismas muchas veces no nos soportamos. No entiendo cómo es que luchamos por ser respetadas y vivimos faltándonos al respeto. Vivimos compitiendo por quién es más bella, más brillante, más delgada, más rica, más joven, más “respetable”, más complaciente, mejor madre, mejor amante, la que más viaja, la que tiene más dinero, la que tiene la casa más bonita, la que mejor viste, la que todo lo sabe, la de marido más guapo, etc.

Hacemos de cada circunstancia un motivo para una lucha feroz. Y es precisamente está situación, la que de alguna manera, nos ha bloqueado la libertad en toda su extensión. Lo veo claramente: mujeres fuertes, brillantes y capaces, peleando por hombres en las redes sociales, comparándose con otras por quien es la más bella, y encima, llamando zorra a las demás.

Mi pregunta es: ¿Por qué competimos? ¿Cuál es el premio? Acaso, ¿un hombre? ¿Cuál es la necesidad de insultar, humillar, aplastar o denigrar a las demás? Como si el simple hecho de ser mujer no fuera suficiente. Con lo complicado que es salir adelante en nuestra propia vida, para todavía tener que ir defendiéndonos unas a otras sin tregua, 24 horas, siete días a la semana, no vaya a ser que al exponer nuestra vulnerabilidad sea vorazmente utilizada en nuestra contra por la frustración colectiva en el ambiente “entre mujeres”.

De qué ha servido intentar derribar ese machismo que nos ha mantenido reprimidas por tanto tiempo, si el competir entre mujeres es la conducta más peligrosa y más machista de todas, sí, porque nos estamos atacando desde adentro. Lo que quizás aligere la carga es pensar que en el fondo no somos tan culpables, que fueron nuestras madres que nos enseñaron eso. Nos han vendido la idea sobre lo que una mujer “debe ser” para ser valiosa y reconocida, cuando en realidad es sólo lo que los demás quieren que seamos.

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Pero lo interesante de esta teoría de la competitividad, es que realmente no estamos compitiendo con otras mujeres, sino con nosotras mismas. Contra el concepto que tenemos de nosotras, contra lo que pensamos que somos. Ya que muchas veces, lo que vemos en otras mujeres, es simplemente, una versión mejorada de nosotras: que si más lista, más bonita, más lo que sea. En absoluto vemos a la mujer. Es como una casa de espejos distorsionados que lo único que refleja, es una versión confusa de quienes somos. Pero de igual manera nos volvemos en su contra, pues porque así es más fácil.

Aquí no hay necesidad de reducir la población femenina, ni para el futuro de la especie, ni para nuestra psique. Bastaría sólo con centrarnos en ser la fuerza dominante de nuestro propio universo en lugar de andar invadiendo universos. Todos ganaríamos, de verdad.

No hay mujeres buenas ni malas, no hay unas mejores que otras, de hecho, no hay premios que ganar por vivir en esta constante competencia, es sólo una pérdida de tiempo. Por lo regular, el desprecio por otras mujeres es una alerta de que algo no está bien con tu autoestima. Analiza que es lo que está fallando contigo y refuérzalo. Porque hasta cuando un hombre te engaña, no necesariamente la amante es una zorra, quizás es sólo una mujer, que al igual que tú, también se enamoró. Y no, no la justifico a ella, pero tampoco trates de justificarlo a él.

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Somos personas complejas, fuertes, frágiles, creativas, hermosas, únicas, especiales y, sobre todo, llena de contradicciones, por lo que esta bien que cometamos errores, que tengamos defectos, sólo basta tener un poco de humildad y aprender de las demás sobre cómo le han hecho para destacar.

No venimos a este mundo a competir, sino a evolucionar, a ser mejor que ayer para nosotras mismas. Abandonemos ese macabro juego de las rivalidades entre mujeres que nos han impuesto sin consultarnos y seamos libres.

Aquí todos tenemos nuestro propio camino y experiencia de vida y ser mujer no es sencillo, pero si en lugar de competir, de comparar, de menospreciar y debilitar, usamos un poco más la gran inteligencia que poseemos y nos protegiéramos, nos aliáramos, nos comprendiéramos y nos acompañáramos sin culpas ni temores, tendríamos menos enemigas y mas aliadas.

Autor: Karla Galleta

 



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