La vida es como un río. Nos acostumbramos fácil a tener un río de corriente serena y continuada, que no tenga sobresaltos. Pero el río puede ir modificando, puede tener accidentes como saltos de agua, cataratas, rápidos, rocas… Y hay que seguir nadando, no se puede evitar su trayecto porque acabaríamos agotados de nadar a contracorriente.

Hay que protegerse de lo que el río te depara, todos queremos llegar al mar de agua tranquila, ese paraíso de inmensidad azul que nos transmite paz. Incluso hay que decidir, hay veces que ese río te da opciones en sus caudales, hay que apostar por uno sin saber si será un tramo más agradable, con la esperanza de que sea más fácil nadar. Hay que nadar por sí mismo, pues nadar acompañado puede resultar un viaje más agradable pero también puede ejercer el efecto contrario, ahogarte en el intento de salvar a tu compañero.

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No hay que conformarse y dejarse llevar por la corriente, hay que seguir nadando, trabajando en ese río, pues puedes encontrar una roca en el camino que te golpee y quedarte con la sensación de que no quisiste evitar ese golpe. El río no comienza como acaba, no deja impasible su paso, y si lo haces bien y sales victorioso, puedes echar la vista atrás y mirar que fue un río de tramos difíciles y enorgullecerte de haber salido con pocas lesiones para lo que podía haberte golpeado.

Por: Sandra Piris



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