La divina soledad, a veces, tan difícil de aceptar y de entender, pero tan disfrutada una vez que se comprende. Y es que, es solo cuando estoy sola que me siento completamente libre y puedo disfrutar de mi compañía. Me reencuentro conmigo misma y eso me resulta agradable y reparador.

Es sólo cuando estoy en soledad que me siento realmente importante, porque soy yo misma, sin máscaras, sin necesidad de quedar bien con nadie, y mucho menos, rendir cuentas. En ella puedo rellenar espacios vacíos, pensar reflexionar, ser sincera conmigo misma y así llegar a entender lo que ha pasado . Es ahí donde camino más despacio, donde puedo contar cada paso que doy y también cuestionar hacia dónde voy, donde me reinvento y me readapto a una nueva yo, y entonces un sentimiento me inunda el alma de esperanzas.

Hay días en que la soledad es mi mejor compañera, la única visitante de mi vida, la única que puede entenderme sin juzgarme ni reclamarme, con la que puedo reír, llorar, hablar, gritar o simplemente callar. Ella me obliga a enfrentarme a mis demonios más internos y ser amigable con ellos, a limpiar el armario de tonterías y prejuicios que sólo anclan mi viaje, a sustituir curitas por cicatrices que se tienen que mostrar con orgullo.

espejo

Es en soledad que aprendí a valorar más a las personas que están cerca de mí, y lamentablemente, también a las que ya se han ido. A extrañar sin necesitar a nadie. A valorar los caminos que ya no están y los que hoy quiero recorrer.

Debo aceptar que no siempre fue fácil lidiar con ella, pues en silencio la única posibilidad que me quedaba era escuchar mi propio eco, y eso me asustaba. Ese es quizá el precio más caro, el enfrentarme conmigo misma y hacer un minucioso viaje a mi interior y encararme a viejas heridas que creí en el olvido, pero después de todo, fue esa introspección que me dio las respuestas y me ayudo a sanar esas heridas , recomponiendo así mis alas para emprender nuevamente el vuelo.

Después de todo, la soledad no es tan mala, porque es justo ahí, donde por fin fui capaz de entender que la felicidad es un sentimiento que nace dentro de mí y que no depende de alguien más. Es entonces que descubres quién eres y disfrutas como a nada ni a nadie de tu compañía, y entonces, sin temor, aprendes a sonreír y ser feliz cuando nadie te ve.

 

Autor: Karla Galleta



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