Nos conocimos, como muchas parejas lo hacen hoy en día, a través de Internet. Todo comenzó como una curiosidad por entrar a una red social para aprender idiomas, intercambiando aprendizajes con personas de otros países: allí te conocí. Hubo empatía desde el comienzo. Fuiste un gran maestro de portugués. La cosa creció y pronto se convirtió en una bonita amistad, así que decidimos compartirnos nuestras cuentas de Facebook. A partir de ahí, pasaron noches enteras en las que chateábamos sin parar, contándonos cosas de nuestras vidas en nuestros respectivos países, tú de Brasil y yo de México. Yo estaba muy entusiasmada de que llegara la noche y terminara mis actividades cotidianas para poder conectarme y volver a platicar contigo. Se volvió una adicción. Nos mandábamos fotos, muchas. Nos conectábamos por webcam por horas y yo adoraba ver tu rostro y escucharte hablar en directo. Me di cuenta de que me estaba enamorando de ti. Al fin te lo confesé y mi emoción fue inmensa al enterarme que tú también estabas enamorado de ti.

Decidimos, pues, iniciar una relación a distancia. Separados por miles de kilómetros, al principio no fue tan difícil, pues estábamos en la cumbre del enamoramiento. Lo único malo eran las ansias que nos dominaban durante el día, a mí durante la universidad y a ti durante tu trabajo, de querer que terminaran lo antes posible para llegar a casa y conectarnos para hablar y hablar por horas. Con el tiempo, sin embargo, el peso de los kilómetros comenzó a pasar factura. Ya no nos bastaba con hablar por teléfono o con chatear, ni siquiera con vernos por webcam, nos hacía falta vernos, rozar nuestros cuerpos, besarnos, abrazarnos, tomarnos de la mano. Así que, luego de muchas trabas, por fin te animaste y planeaste el primer viaje para venir a verme y conocerme en persona. Yo estaba muy emocionada. Con un poco de nervios, no lo niego, porque no sabía si sería lo mismo tenerte aquí en vivo que como nos la llevábamos a través de Internet.

Al fin, llegaste. Estabas guapísimo, mucho más que como te veías en fotos y en video. Tú me dijiste que me veía muy linda también (espero que sí). Salimos a pasear, te llevé a conocer mi ciudad, pasamos momentos muy agradables. Nos dimos esos besos que tanto nos hacían falta y tuvimos la intimidad que tanto anhelábamos. Tuviste que marcharte, como lo sabíamos, pero disfruté mucho tu presencia.

Ahora, hemos aprendido a no hacer de la distancia un obstáculo, sino un aliciente para nuestro amor. En una relación a distancia es fácil que aparezcan los celos; bueno, nosotros hemos aprendido a convertir esos celos en confianza mutua. También es muy fácil que haya malentendidos debido a que el monitor o el teléfono pueden distorsionar el sentido de las palabras; pues nosotros hemos aprendido a convertir todo ello en una comunicación efectiva. También hemos aprendido a incrementar el ingenio y la creatividad para lograr sorprender al otro con detalles en los que la lejanía no sea ningún obstáculo. Pero, sobre todo, hemos sabido conservar el amor y la esperanza de estar algún día juntos en persona para siempre, porque sabemos que la distancia no es excusa para quien sabe querer de verdad.



     Compartir         Compartir