e conocí en ese bar. Cierto día de julio. Eres bien parecido, sinceramente me encantas. Siempre tan precavido, siempre tan caballeroso y siempre un caballero. La verdad es que me gustaste mucho y sin dudarlo entre aquel extraño ambiente, me enamoré de ti.

Sin lugar a dudas fuiste fuego arrasador. Reí de más esa noche, algo inusual en mí. Y es que tu compañía, simplemente tu presencia vino a sacudir mi mundo de tan sublime manera, que aún no sé si deambulo o piso firme. Irremediablemente me enamoré de ti de un modo casi enfermizo.

Me enamoré de ese hombre que “Sería honesto, sería verdadero y sería leal” . Francamente eres lo que siempre soñé encontrar en la vida. Había encontrado a aquél que doblegaría mi ímpetu, mi voluntad.

Así es que comencé a amarte. Pues no había nada que perturbara mi sueño. Tú estabas en este mundo, existías en este mundo y tal vez podía morir mañana, después de haberte amado, podría descansar tranquila. Hasta ese ‘bendito’ día que descubrí tus caretas.

Una mujer que se paró en mi puerta. Que se atrevió a buscarme y a hacerme frente. Fue tan cordial que me cuesta trabajo entender cómo carajos llegó a tu lado. Una mujer linda que tocó a mi puerta y dijo: “Yo soy su esposa”.

Y cayó cual balde con agua fría. Los treinta segundos más trágicos de la historia. No sabía si amarla u odiarla. Hasta que después de escucharla por un largo rato, le agradecí inmensamente que me haya dicho desde hace cuánto han estado casados.

La vi llorar. La vi desesperada en mi sala entre el humo de un cigarro tras otro. Las dos perdidas, tratando de discernir este juego.  Me contó su historia . El día que se casaron y el nombre de tus dos hijos.

El momento en que se conocieron y las miles de veces que la engañaste con alguien. Cómo las descubrió y cuántas veces se quedó callada. Las camisas sucias de pintura cosmética. Lo bueno y lo malo que eras dependiendo tu día con tu amante en turno.

No había sido la única, y sabe Dios a cuántas les partiste el corazón.

2

Ella es una dama y tú… Tú no la mereces, ni a ella ni a mí. Qué grato fue saber que te alejó de mí y me salvó de tu intriga. Hombre bastardo que nunca ha sabido lo que quiere y busca. El que se hace decir “hombre” aunque sólo sea una barata copia.

Demasiada egolatría la que corre en tu sangre. Despreciable y cobarde que no puedes apreciar lo que tienes en casa y te escudas en la careta del incomprendido o el soltero sin suerte. Mucha mujer a tu lado, mucha basura del mío, del de ella, que se dice tu esposa.

Sí, admito que te amo, que duele, que cala. Pero es preferible que lo haya sabido antes de pagarlo caro y llorar noches y noches enteras. Lo que me dueles hoy, no dolerá más mañana.

Si puedo darte un consejo te daré el mejor que nunca nadie te ha dado: “No seas cobarde y empieza a amarte” que necesitas engaños para sentirte viril. Siempre has creído que nadie puede lastimarte. Pues toma esto en cuenta, que la vida es sabia y nada te perdona. Que como hoy me ves, mañana serás visto.

Quizá la has perdido a ella y por supuesto a mí. Y mi único deseo para ti es que cuando ya estés solo, cuando gires a un costado y te encuentres solo, recuerdes lo que tuviste y lo que pudiste tener, a esa mujer que siempre fue tu esposa.

Y a esta otra que escribe esta carta y que hoy mismo te ha borrado de donde pudiste existir, mi mente, mi alma y mi ser.



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