Hay personas que suelen decir: “te amaré por siempre”, “todos mis días son tuyos”, “soy tuyo o tuya para toda la eternidad”. Y en realidad esto encierra un problema que quizá los enamorados no ven en un principio. El problema es que las personas que suelen decir esto son por lo general, lo que se diría unos “esclavos del amor”. Y eso no está bien. Cuando crees que no puedes vivir sin tu pareja y que la necesitas por el resto de tus días para ser feliz, definitivamente hay algo mal en ti: hay un problema de autoestima.

Hay que empezar por quererse a uno mismo. La mayoría de las personas buscan en su pareja a su media naranja, a su complemento, y eso es un verdadero error. Antes de salir a la búsqueda de nuestra pareja, tendríamos que preocuparnos por ser naranjas enteras, es decir, por ser personas completas, porque si no, imagínate, si dependemos totalmente de la otra persona para ser felices, ¿qué haremos si un día decide abandonarnos? ¿Qué pasa si de repente el amor se acaba? Ese es el problema con los juramentos de amor eterno, se hacen sobre bases que no siempre se pueden cumplir.

“Yo te juro amarte para siempre”, dice el enamorado. Pero, ¿qué pasa cuando se le termina el enamoramiento?

“Yo te juro ser tuy@ para siempre”, dice también. Pero, ¿y si un día se cansa de ese amor? ¿Y si descubre defectos que antes, cegado por el efecto de la droga natural que es el enamoramiento, no había visto o que había pasado por alto?

Ahora, cuando juramos amor eterno, queremos que nuestra pareja nos jure amor eterno de igual manera, y entonces se genera algo así como un pacto sagrado que ninguno de los dos puede romper jamás. Entonces surge una tensión, un estrés, inconsciente quizá al principio, pero presente de cualquier forma, producto de la presión por no fallar, por ser siempre fiel no sólo en carne, sino en sentimientos.

Y, entonces, el corazón está aprisionado por ese pacto, ya no ama con libertad, sino que se encuentra sometido a ese juramento de amor eterno.

Aquí lo importante es darse cuenta de que nadie puede conocer el futuro, ni de las propias acciones ni de los propios sentimientos, ni, por supuesto, de los demás. Los amores se acaban, incluso los más fuertes y sólidos. Es una realidad de la vida. Y no digo que sea imposible que un amor no pueda durar para siempre, pero los amores que duran se construyen día a día, y no se hacen sobre pactos de eternidad.

Así que, si quieres un amor que perdure, constrúyelo un día a la vez, en lugar de hacer un juramento que no sabes si podrás cumplir.

Autor intelectual: Erika Laguna



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