Cuantas veces necesité escucharte. Cuantas veces te sentí tan lejos teniéndote tan cerca. Te sentí soñar, pero no te escuche.

Te busqué, te quedaste adentro, me volví invisible para intentarlo una vez más, y aún así, no podía rescatarte de ese silencio, ese que me mataba por dentro, nunca supe si lo sabías.

Mis cartas nunca te llegaron, mis lagrimas nunca  viste, mis noches nunca compartiste, mis líneas nunca vas a leer.

Querer es soltar y desear lo mejor. Es el te quiero más confuso que viví, un te quiero en fin.

Más allá del bien, del mal, algo vi en tu camino, y ahí fui, desapareciendo en ese “te quiero”.

Me vestí con la adicción de tus besos, con la delirante sonrisa que guardabas para mí y tu indomable mirada que me perdían entre líneas.

Toxicas eran las caricias de ensueño, de encuentros y desencuentros, me vestí apurada una última vez, procurando, ilusionando no encontrar esos, tus ojos miel. Alcé la copa, brindé por él, pensando que, cuando se dé cuenta de esta mujer, ni en insomnios estaré.

Y así, lejos de esa mujer que solía ser, un huracán de tu ya intermitente vicio, me convirtió en frialdad. Resta la fingida sonrisa con la voy, caminando con prisa.

Aun queda el recuerdo, de esa mujer, que no era princesa del hielo, sino reina del invierno, que con una sonrisa todo lo podía.

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Lejos de ser quien solía ser, más cerca hoy de ser quien debo ser.

Porque te tengo un secreto marinero. Ya no soy princesa, sino la reina que le ponga en jaque mate, al que se cree rey de la infidelidad.

El juego ya empezó, pero estas tan irracionalmente ocupado, que no sabes que solo sos rey, porque reina soy yo.

Por: Pili Fernandez de Vera



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