Dicen que cada persona que pasa por tu vida, deja algo suyo por pequeño que sea, dentro de nosotros. Que cada error, cada final, cada tropiezo que tenemos que sufrir a lo largo de nuestras vidas, son lecciones que se nos regala para aprender algo que, quizás y sin saber, estábamos haciendo mal. He estado 3 años preguntándome qué es eso que se supone tú debías enseñarme… Apareciste en mi vida cuando menos preparada estaba para volver a empezar algo con alguien, y pusiste mi mundo patas arriba simplemente con dos conversaciones de cinco minutos entre cigarro y cigarro.

Con esa juventud, con tus ganas de vivir y con ese cierto aire inocente que enseguida me provocó querer protegerte. Me entregué dispuesta a vivir una bonita historia de amor contigo, sin antes pararme siquiera a pensar si tú estabas de acuerdo… Siempre me rechazaste, siempre nos quedábamos en ese difícil límite de ser algo más que amigos y dar el simple paso para formalizar algo que para mí siempre lo fue.

Cuántas lágrimas he llorado preguntando qué era eso que yo no tenía que a ti te faltaba para enamorarte de mí. Qué error, qué fallo, qué imperdonable falta era esa que yo arrastraba para que tú continuamente y con mucha paciencia me rechazaras, durante días, semanas, años… Ahora, que han pasado 3 años, que mis cicatrices por cada uno de tus NO han ido curando y dejando de doler casi cada hora, es cuando por fin he logrado entender el motivo de tu llegada a mi vida… Llegaste a mi vida como lección imprescindible, para darme cuenta de que jamás podré querer ni nadie me querrá a mí sin algo tan valioso como el amor a mí misma… Busqué incansablemente en ti ese amor que siempre tuvo que estar en mí.

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Busqué tu aprobación, tu cariño, tus gestos, tu aceptación incansablemente, durante años, sin darme cuenta de que todo ese amor que tanto anhelaba, estaba mucho más cerca de lo que imaginé jamás. He vivido una montaña rusa de emociones negativas durante estos años. Realmente has dejado huella en mí, pero no de la manera en la que yo creía… Ya no hay rabia, ya no hay frustración. Simplemente queda un inmenso agradecimiento por haber abierto las puertas a una historia que jamás va a terminar.

Esta vez no volveré a insistir recibir esas migajas que siempre recibí por tu parte… Por la sencilla razón de que ahora miro por y para mi.

Por: Laura Mendez



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