Qué triste es compartir la cama y no compartir nada más, que desconsuelo es despertar juntos sin tener nada de que hablar, sin el beso de buenos días, sin los abrazos que se aferren a querer quedarse en cama, cuerpo a cuerpo, un ratito más.
Qué triste es descubrir que ya no hay fuego en las miradas, ni calor en las palabras al hablar, que triste es descubrir, que después de querernos tanto, hoy somos un par de extraños que están por estar.

sola
Han sido ya muchas desilusiones, muchos desencuentros que agotaron nuestras ganas de amar. he llegado al punto de desgastar la dignidad, esa que guardaba la esperanza de rescatar este amor en cenizas, que guardaba la esperanza de revivir las sonrisas , esas que sin poder evitarlo se han agotado ya.
Lo cierto es que ya no queda nada de nuestro amor, nos hemos acostumbrado a disimular el gesto amable que nos permita convivir en paz, ese gesto amable que se ha vuelto parte de la rutina habitual, de la mediocridad de un amor que se ha rendido ya.

Al estar frente a frente, no hay nada que nos motive a querer quedarnos, ni siquiera el roce de nuestros labios reaviva la ilusión, evadimos las miradas, venciendo los silencios incomodos con preguntas aburridas que respondemos solo por educación.
Casi sin notarlo, el amor se evaporó, nos venció la rutina, pero por cobardía, preferimos la agonía de soportar la apatía de quedarnos juntos sin querer estar.

Ya no hay magia entre los dos, somos un par de extraños que viven juntos por cobardía, por no asumir que el cariño se ha convertido en confusión, por no aceptar que le tememos al cambio, por no asumir el riesgo de la soledad.

Pero la realidad es que no hay nada peor que estar en compañía y que siga doliendo la soledad.



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