A través de mi independencia también aprendí a amar a los demás.

Creo que todos tenemos la capacidad de amarnos y amar y nadie es enteramente lo uno o lo otro. En cuanto a balances parece ser que las primeras décadas de nuestra vida siempre se viven como un proceso de ensayo y error. Amas demasiado pero te olvidas de ti misma y sales herida, luego te niegas a preocuparte de otra persona que no seas tú y muchas veces alejas a personas importantes porque el miedo es más fuerte.

Es cierto que amar demasiado puede hacer que los demás se aprovechen de nosotros y que amarnos demasiado podría dejarnos solas, sin embargo, la clave es ser un poco de ambas cosas.

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Es uno de los clichés más repetidos de este siglo, pero creo que hasta que no lo vives no te das cuenta de lo cierto que es. Amarme no sólo me ha ayudado a conocerme mejor y a aceptarme como soy, sino quetambién me ha ayudado a comprender la importancia de amar y cuidar de los demás.

Amarme me ha permitido conocerme profundamente, saber lo que me gusta, lo que me apasiona y las cosas que me asustan. No ha sido fácil. Muchas veces no he sido honesta conmigo misma y el proceso de aprendizaje no ha sido directo ni fructífero, pero esa etapa ya está en el pasado. Haber aceptado cosas de mí que no me gustaban también me ha permitido aceptar a los demás tal y como son. Saber las cosas que me agradan y las que no ha hecho posible que de vez en cuando salga de mi zona de confort y acepte cosas que no me gustan tanto sólo para compartir con los demás. Hoy conozco mis límites y sé cuando puedo empujarme un poco más allá si es por una buena causa. Al mismo tiempo, también sé cuando es hora de darme un descanso y volver a ese lugar que tengo reservado sólo para mi donde me recargo.

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Amarme me ha enseñado a mantener un balance armónico entre mi espacio personal y la posibilidad de dejar que otros se me acerquen. Cuando más pequeña siempre me veía invadida por otros que no respetaban mis barreras, y tímida como era, nunca hice cumplir estas reglas. Luego, y por varios años, me cerré a toda persona que intentara acercarse a mi por miedo a no poder controlarlos. Me tomó varios años (y la ayuda de mis más cercanos) comprender que amar a alguien o dejarlos acercarse a mi nunca tendrá que ser un equivalente de rendirme ante ellos o hacer todo lo que ellos quieran. Fue así como dejé de tener miedo al contacto.

 

Fuente: Por Teresa Donoso



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