Eres mi secreto más íntimo, lo que sólo le cuento a la oscuridad, cuando las luces se han ido en mi cuarto y en mi espíritu, y sólo me queda a conversación frente a frente con mi soledad. Sólo a ella puedo decirle que te amo, a nadie más, mucho menos, por supuesto, a ti, ¿por qué?, porque soy una cobarde, una mujer que no se atreve a dar ese paso que quizá la llevaría a la felicidad, o quizá a la más cruel de las decepciones.

Este amor no lo saben ni el tiempo, ni la luna, ni la estrellas, sólo la parte de mi rostro que contiene mis lágrimas cada vez que te pienso y maldigo mi maldita cobardía. En la misma proporción que te amo, así te temo también, y quizá no tanto a ti sino a tu rechazo, pero, desde luego, yo misma me digo, ¿qué más puedo perder?

Te veo pasar, tan hermoso tú, tan guapo, tan masculino. Eres mi hombre perfecto, lo que yo siempre había anhelado. Te tengo tan cerca y tan lejos. En el mismo lugar de trabajo, por si fuera poco, y ya no sé si eso es una bendición o una maldición, porque sí, te tengo cerca y puedo contemplarte frecuentemente, pero de tanto verte no puedo concentrarme en mis labores.

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Si tan sólo tú te llegaras a fijar en mí, por casualidad. Si, accidentalmente, me vieras sentada aquí, y dijeras: “esa mujer tiene algo que me roba el sueño”, yo sería la más feliz del universo. Y luego, quizá tú me podrías escribir un correo electrónico, y yo lo revisaría con emoción, y luego te contestaría, y podríamos quedar de vernos discretamente a la salida de la oficina.

¿Sería eso posible? Nah, tan sólo estoy soñando. Como cuando pienso que, con el puro poder del pensamiento, te mando un rayo del amor y te hipnotizo: “enamórate de mí, enamórate de mí, enamórate de mí”, y entonces tú, sin saber por qué, de pronto sientes que se te sale el corazón cuando me ves y me invitas a salir.

Pero, ay de mí, que si no soy valiente para acercarme a ti, a lo mejor no soy valiente tampoco para contestarte si tú te acercas a mí, y si me invitar a salir, por cobardía, digo que no.

Así las cosas, mientras tanto, yo te sigo amando a escondidas, sin que nadie se entere, y no sé si algún día voy a armarme de valor. Quizá te mande una carta anónima; ¡sí, eso haré!

Pero, ¡qué ocurrencias! Ay, ya no sé ni lo que digo. Lo que piensa una cuando está enamorada…



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