El amor es tan enigmático que la mayoría de las veces se presenta ante ti de la forma más sorprendente, la menos imaginable. Y poco valen los prototipos que a nuestra mente le da por armar en sus ratos de color rosa y las expectativas que creamos de lo que sería perfecto para nosotros. No importa lo que busquemos, al amor todo eso le importa poco, porque es tan descortés que sin pedir permiso rompe la puerta y te arrastra a quien le plazca, a quien nunca imaginaste ni siquiera en tus sueños más locos.

Y eso es lo que fuimos, dos locos que no tenían nada en común que supieron compartir las páginas de su libro desafiando las leyes. A pesar de lo bonito que es jugar a ser la pareja perfecta, nosotros nunca pretendimos serlo, y hasta nos resultaba divertido ver como hay parejas que les encanta seguir esos cánones en donde el amor se basa en compartir gustos y aficiones, en no discutir, en ponerse límites y prohibiciones para terminar convirtiéndose esclavos uno del otro. Como si llevarse de la mano por la calle o ir a cena de parejas fuera suficiente para asegurarse el éxito de su relación.

Para nosotros el amor fue algo más, era fundirnos con sólo mirarnos a los ojos como si lo único importante fuera vernos y sentirnos cerca, era más que simple atracción física, era retarnos y sacar lo mejor de cada uno, era cruzar límites sin ni siquiera darnos cuenta, tragarnos el orgullo y afrontar juntos lo que venía, era sentir que el corazón nos iba a estallar, era extrañarnos más que al puto aire cuando no estábamos juntos, era decirnos con lágrimas en los ojos, que a pesar de todo, estaríamos ahí, estancados, sí, pero con el único sueño y objetivo de hacernos felices.

Disfrutábamos no tener nada en común, pero no puedo negar que había ocasiones en que nos preocupaba ser tan distintos y necesitarnos tanto. Discutíamos todos días, peleábamos a veces hasta llorar, nos mandábamos al carajo y nos reconciliábamos cada noche hasta terminar riendo a carcajadas en la cama. El estar de acuerdo en todo nunca fue nuestro pan de cada día, pero es que aceptar todo sólo por vivir tranquilos nos parecía tan mediocre. Lo único en lo que coincidíamos es en que nos amábamos, que estábamos locos el uno por el otro y eso era suficiente para que no nos importara perder todo lo que arriesgábamos. Fuimos tan cómplices que podíamos hablar de todo sin miedo y con una confianza que nunca hubo con nadie más. Nos conocíamos tan bien que además de amantes, llegamos a ser mejores amigos.

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Sí, así éramos y así fuimos perfectos, juntos. Nos quisimos libremente y nos elegíamos cada día porque era lo que deseábamos y no porque no tuviéramos otra opción. Fuimos lo que muy pocos encuentran y algunos menos comprenden. Y fue una de las etapas más bellas de mi vida. Sin embargo todo esto no nos alcanzó, no fue suficiente, ya sabes, la historia de siempre, hay cosas que el amor no puede superar a pesar de la fuerza de sus alas. No sé si nos faltaron pilas o nuestros sueños fueron gigantes y nuestros bolsillos pequeños para llevarlos. O quizá es que los amores intensos suelen ser fugaces.

Hay días en que pienso en él y mis ojos sonríen nuevamente, por lo que sé que vivir ese amor nunca será esa equivocación, algo que me hace hizo feliz nunca podría serlo. Supe cómo amarlo y lo hice sin miedo al fracaso, me entregue sin temores y le revelé hasta los más íntimos secretos porque sólo aquél que se arriesga puede ser libre. Y si volviera a verle, con el corazón en la mano lo único que podría decirle sería “Hasta hoy, te he amado como a nadie, porque juntos fuimos perfectos.”

Autor: Karla Galleta



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