¨Un hilo rojo invisible conecta a aquellos que están destinados a encontrarse, sin importar tiempo, lugar o circunstancias. El hilo se puede estirar, contraer o enredar, pero nunca romper¨

Era una chica enamorada de la vida, loca, aventurera y demasiado arriesgada. Me gustaba hacer lo que mis impulsos me dictaban. Me gustaba la diversión, la adrenalina y sentir por mis venas emoción. Era sumamente intrépida y extrovertida. Me encantaba la música y el alcohol, las fiestas y compartir momentos con los amigos. No recuerdo haber estado realmente enamorada alguna vez, era sumamente coqueta pero amaba mi libertad más que nada en la tierra.

A pesar de los años puedo recordar con facilidad aquella fiesta en el antro. Aquella en la que me dispuse a ponerme mi peor borrachera. Mi nuevo trabajo me requería como una mujer ¨madura¨ y ¨sensata¨, así que me dispuse a beber y bailar como si no existiera un mañana.

Había mil chicos alrededor y entre la multitud te encontrabas tú. Me devorabas con esa mirada tan coqueta y siniestra, delatando tus perversos pensamientos que mis movimientos te incitaban. Yo con toda seguridad quise corresponder aquella mirada, postrando la mía en ti un tanto retadora. ¡Lo notaste y sonreíste! Y en cuestión de segundos sentí todo el universo sobre mí. Y es que es inexplicable lo que a veces un desconocido te hace sentir con una simple mirada o una sonrisa. No había una explicación coherente, lo único cierto es que me sentía loca por conocerte.

Y de repente te encuentras con alguien que jamás en la vida habías visto y ves en sus ojos el universo más bonito. Sin saber porque te intimida y te hace sonreír. Y ¡adivina qué! Precisamente eso es vivir, el sentir así… Cosas inexplicables. –Stepha Salcas

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Y cuando desperté ya era otro día. Mi malévolo plan había sido todo un éxito y el conocerte todo un fracaso. Había tomado tanto que perdí el control de mis actos. Mi cabeza parecía estallar por una terrible resaca, pero esa profunda mirada y esa sonrisa perfecta permanecían en mi cabeza y por más tonto que parezca me hacía sonreír el recordarlas.

Volví a ese antro tantos fines de semana me fue posible. Me habías dejado tan intrigada que debía encontrarte a toda costa, sin embargo eso no fue posible. Fueron meses los que procuré toparme contigo otra vez. Te soñé una infinidad de veces que no me pudieses creer. Cada sueño avivaba la esperanza de encontrarte algún día. Cada día eran más y más mis fantasías. Sin conocerte, sin saber quién eras, a que te dedicabas, cual era tu edad o tu nombre, yo ya te pertenecía.

Dejé de asistir a aquel antro, resignada a que no te volvería a ver más. Te me habías vuelto una obsesión y yo debía volver a mi realidad. Así pasaron un par de años. Ya no era más la jovencita loca y desenfrenada. Había decidido entablar una relación con alguien más formal. Estar a su altura era un tanto complicado, extrañaba a mi antiguo ¨yo¨ pero era hora de madurar. Aun así debo reconocer que en ningún momento le dejé de pensar, por más absurdo que suene esa es la verdad.

Puedo recordar perfectamente bien que jugaba con el anillo plateado que ahora lucía raramente en mi mano.  Estaba sumergida en mis pensamientos, recordando y olvidando, todo y nada a la vez. Viajar en avión siempre me ponía nerviosa pero me sentía entusiasmada porque serían tres días en los que me encontraría sola, días en los que me podría consentir, mimar y apapachar. La boda estaba próxima así que yo necesitaba días de relajación y que mejor que playa, arena y sol.

Volvía a hacer de las mías. Me encontraba en un pequeño bar envuelta por la música, sin embargo ahora se sentía muy distinto. Tenía otra edad, otro pensar, estaba sobria y próxima a casarme. De repente alguien interrumpió mi pensar susurrándome al oído –te he buscado por tanto tiempo que ni te pudieses imaginar-. Esa voz, ese olor y esa respiración me hicieron estremecer sin saber porque o de quien se trataba. Inmediatamente me voltee y ahí estabas. Ahora luciendo con barba y con un peinado diferente, lo que no cambiaba era tu mirada y esa sonrisa que me desquiciaba.

Tantos siglos, tanto mundo, tanto espacio y coincidir

Sin entender el motivo o la razón estabas justo enfrente de mí. Cuando había perdido toda esperanza de volver a verte ¡apareciste! No pude evitar el sonreírte, me sentía realmente contenta, feliz, alegre y todos los sinónimos que hubiese. Me estrechaste tu mano y te presentaste, -es un placer-, mencionaste. El placer era totalmente mío. Y esa noche sin importar la hora, platicamos y reímos, compartiendo hasta la más tonta anécdota de nuestras vidas, uno que otro chiste malo y lo que habíamos hecho para encontrarnos. Me hiciste ver que no fui la única que busqué. No fui la única que sintió aquella noche, la única que se prendió, lo mismo te pasó a ti pero por azares del destino no pudimos encontrarnos, sin embargo fue el mismo quien nos había traído hasta aquí. Y sin entender el por qué, guardé aquella sortija que ahora lucía en mi mano.

Los siguientes dos días fueron aún más geniales. Desayunamos juntos y visitamos lugares imposibles de olvidar. Me hacía sentir una quinceañera enamorada por primera vez. Él era realmente intimidante. Demasiado inteligente, divertido, extremo y loco como alguna vez lo fui yo. Me incitaba a volver a ser la mujer que alguna vez fui y a la cual extrañaba tanto. Con él las horas parecían pasar demasiado rápido. Las pláticas parecían interminables al igual que las risas, creo que en ningún momento me había reído tanto. No me hacía falta nada más. Me sentía completamente feliz y es que aquel desconocido tenía tanto de mí que encajábamos a la perfección.

Me entristecía el no poder entender porque dos personas que encajan así, tan perfectamente, están condenadas a no conocerse o conocerse a destiempo, tal cual como me había pasado con él.

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Era una noche perfecta y a la vez melancólica, nuestra última noche lejos de todo y todos, en alguna parte del mundo compartiendo mis días con un desconocido que me provocaba todo. No podía ocultar mi alegría, me delataba mi sonrisa. Salimos a bailar y a recordar aquella vez en que lo miré por primera vez. El contacto de sus manos con mi piel me hacía estremecer. Su cercanía me incitaba a quererlo besar, pero entonces venía a mi mente mi realidad… estaba próxima a casarme con alguien más.

Por horas me trajo de vuelta a la mujer que en algún momento fui. Cuan feliz me sentí. Bailamos sin descansar hasta que el antro estuvo a punto de cerrar. Me acompañó hasta mi habitación y se despidió con un abrazo que me desarmó. Todas mis terminaciones nerviosas cobraron vida propia. A esos brazos yo pertenecía, no había la menor duda. Cuando quise soltarme de él, sentí el roce de sus labios con mi mejilla muy próximos a mi boca y en ese instante me alejé. Le pronuncié la misma frase con la que se presentó… -fue un placer- y como una vil cobarde me refugié en las paredes de la habitación.

Todo daba vueltas a mí alrededor, quizás los efectos del alcohol o aquella absurda decisión. Había soñado mil noches con probar sus labios y ahora estaba desaprovechando tal oportunidad. Le debía fidelidad y respeto a alguien más, pero en mi cabeza y en mi corazón ahora estaba él sin entender por qué. En una mano podía ver la sortija plateada que había decidido guardar y en la otra mano podía ver la suya con sus dedos entrelazados con los míos. Debía tomar una decisión y sin importarme lo que ocurriese después, dejé de lado a la ¨madura y sensata¨ mujer. Escuché los latidos de mi corazón y dichos latidos me llevaron hasta su habitación. Y en ese momento lo único que tenía presente es que quería entregarme completamente a él, pertenecerle aunque fuese un instante, ser su mujer y hacerle el amor hasta el amanecer.

Como dos lobos hambrientos esa noche nos devoramos. Perfecta combinación entre hacer el amor y tener sexo. Me despojó de la ropa en un segundo y yo como nunca disfruté el entregarme a un ser. No éramos nada pero esa noche lo fuimos todo. Hacerlo mío era mucho mejor de lo que lo había soñado. No existía tiempo ni espacio, solo nosotros dos en aquella habitación. Hicimos el amor en cada rincón. Hasta entonces nada me había parecido tan excitante que su respiración y sus gemidos, esos que le provocaban mis caricias y mis besos. Nunca antes había escuchado dos corazones latir con tal intensidad como lo hacían los nuestros. Bendecía tal momento y maldecía el destiempo con el que lo encontré. Sin duda alguna era mi hilo rojo, ese del que tanto han hablado y del que hasta hoy no creía en él.

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Mi cuerpo reposaba en el suyo sumamente cansado. Entre dormido y despierto pronunció un –quédate a mi lado-. Nuevamente la cobardía se apoderó de mí y no quise saber si se refería a esa noche o a toda una vida juntos, una vida que de no ser por mi situación inmediatamente hubiese respondido que sí. Callé sus labios con mis besos y nunca he de olvidar tan mágico encuentro, una noche de la que sin duda alguna no me arrepiento.

Antes de que amaneciera hui de él. No le dejé mi número ni dirección ni procuré nada de él. Me llevé solamente cada momento que a su lado pasé. Volví a mi realidad. Sintiéndome basura pero sin arrepentirme de aquel encuentro tan fugaz. Nunca me había sentido más viva y más mujer como cuando me entregué a él. No se siquiera que fui yo para él, tal vez solo una noche, no lo sé. Lo cierto es que lo que pasó lo deseábamos los dos e indudablemente tenía que suceder.

Los días pasaban y yo no podía pensar en nadie más que no fuese en él. Me extrañaba a su lado y los días pasados. Me preguntaba si volvería a buscarme o si tan fácilmente de mí habría de olvidarse. Sin importar si no volviera a verle decidí ser honesta; honesta conmigo, con mi corazón y con quien era mi prometido. No podía pasar el resto de mi vida con alguien pensando en alguien más. Sabiendo que me entregué a otro cuerpo y que como nunca me sentí completamente feliz. No podía imaginarme mis días y mis noches al lado de un hombre que no me incitaba a ser como realmente yo deseaba ser. Así que rompí aquel compromiso.

Aun no sé qué fue de ti, tampoco sé que será de mí. Solo sé que si en algún momento nos volvemos a encontrar esta vez seré yo la que te pida que te quedes. Pueden pasar semanas, meses e incluso años para volver a verte y aunque cambies de aspecto sé que te reconoceré. Sé que no me equivoqué con la decisión que tomé, dos almas tan perfectas deben de encontrarse nuevamente y si no es en esta vida en otra será, ten la certeza.

Nunca podrás escapar de tu corazón, así que es mejor que escuches lo que tiene que decirte… -Paulo Coelho, ¨El alquimista¨

Autor: Stepha Salcas

 



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