Pues sí, me ha tocado ser la amante. Nunca en la vida me imaginé terminar en este lugar, siendo la otra, la que espera a escondidas, la pecadora. Quienes conozcan mi caso me llamarán de todo: zorra, promiscua, nalgasprontas, pero no, la verdad es que yo no soy una cualquiera, ni una facilota, simplemente me enamoré del hombre equivocado.

Lo conocí en la universidad. Él era mi profesor de economía social, y su carisma impresionaba a todas las chicas. No era difícil advertir que yo le simpatizaba más que las otras. Siempre me he considerado bonita, pero creo tener más cualidades por las que un hombre se puede fijar en mí, como mi inteligencia y mi simpatía.

A los cuatro meses de conocerlo me invitó a salir y yo sencillamente caí rendida a sus pies. Desde entonces nuestra relación pasó a un plano más profundo. Nuestras conversaciones eran tan intensas como nuestros encuentros sexuales, y, desde luego, llegó el momento en el que le pregunté si debíamos dar el siguiente paso y convertirnos en novios. Fue ahí cuando me confesó que era casado. Entonces, momentáneamente, mi mundo se tambaleó. Para entonces yo ya estaba bastante enamorada de él, tanto que le perdoné habérmelo ocultado y acepté ser su amante.

Y heme aquí, jugando con fuego. Lo peor es que él me dice que está confundido, pues afirma amar aún a su esposa pero tener también una gran pasión por lo nuestro. Me duele pensar que conmigo sólo sea deseo carnal, pero luego recuerdo esa empatía que hemos tenido, aquellas profundas charlas sobre temas diversos, aquellas risas espontáneas, sus detalles y su trato especial, y pienso que sí tiene sentimientos hacia mí, y albergo la esperanza de que algún día dejará a su esposa para venir a mis brazos y decirme “soy libre, amémonos con locura”. Sé que esa es la esperanza de toda amante y que no a todas se les cumple, pero no me queda más que aferrarme a ella, porque lo amo y no pienso dejarlo.

Sólo quería escribir estas líneas para desahogarme, porque justo en estos momentos él se acaba de ir para volver con ella, y yo me quedo sola otra vez, esperando el próximo encuentro. Mientras, tengo que compartir a mi hombre con su esposa…

 

Autor intelectual: Lluvia Márquez



     Compartir         Compartir