Mi historia, estaba llena de fracasos, caídas, derrotas y decepciones y del mismo número de “procesos de recuperación”. Yo, ya lo veía como algo común. Caer y levantarse. Caer y levantarse.

Inclusive, llegó un punto en que me parecía extraño que las cosas me salieran bien. Eso, para mí significaba que terminarían irremediablemente mal; tarde o temprano. Y después, del golpe y las ilusiones rotas…habría que volver a empezar.

Ya era especialista en armar y rearmar mi propio rompecabezas. Hasta podía decir, que me enorgullecía de mis cicatrices.
Sin embargo aquello, por noble que fuese; no me parecía algo especial. Simplemente no sabía rendirme, no podía y me frustraba.

Tuve tantas ganas, tantas veces, de simplemente dejarme ir…pero no sabía cómo.
Lo sentía una maldición. Cobarde para rendirme, valiente para seguir.

Ese enfoque, lo cambió ella…cuando una tarde sentados en un café del centro, me dijo:

¡Por Dios! Date un poco de crédito ¡Carajo!

Eres increíble, indomable…volver a empezar no es tan fácil como se dice, ni como parece. Eres tan duro contigo y estás tan cansado de ser fuerte. ¡Basta! ¿No te has dado cuenta de cuantos te respetan por ello? ¿No te has dado cuenta que…te amo?

 ¿Lo oyes? ¡Te amo!

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Entendí entonces que ella, creía en mí…más que yo. Ella veía oro, donde yo veía carbón. Entonces…me miró a los ojos y me besó.

Ella –creía en mí– eso bastó para curarme. Me había despertado… Y ya despierto, la reconocí… la vi. Mirándome con un amor tan decidido. Con ese verde de sus ojos tan intensos…

–Estaba ahí– tan convencida de estar, tan natural…que no hizo falta nada más.

Nuestro amor nació con ese beso.

Por: Germán Dorantes



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