Mentira.

Pero no una mentira de estas piadosas, no. Mentira de las gordas, de esas que condicionan tu vida, de esas que te ayudan a corroborar lo fracasado que eres y serás siempre por no estar con ella o el.

Y es que empiezas andando por la vida con los bolsillos repletos de frases tontas como esta, de frases que justifiquen la desgracia de la que, en realidad, sólo tú eres responsable. Porque, cariño, el primer amor, lo único que tiene de especial, es que es el primero. Y no me vengas con tonterías porque primero no es sinónimo de único, y mucho menos de finalista. Primero es primero, y eso significa que la lista puedes ampliarla tanto como tus fracasos y tu paciencia te permitan.

Y es que para eso fue el primero: para equivocarte. 

Recuerda que los tiempos han cambiado y que, por suerte, tu cerebro nació con goma de borrar. Aquello que al corazón le duele, el cerebro lo elimina. Y si no es así, una de dos: o ahí hay algún asuntito muy lícitamente tratable por un terapeuta, o es que eres un poco masoquista (y, seguramente, también potencialmente tratable).

Y es que, oye, sería una desgracia tener que condenar toda nuestra vida por una decisión que tomamos cuando aún no teníamos ni pelillos en los sobacos, ¿no?  ¡Por Dios! Quizás lo único que tu debes sea unas disculpas. Unas disculpas por continuar aguantándoos en esta historia que ha carecido ya de todo sentido. Y es que mientras creas que el primer amor nunca se olvida, lo que realmente estarás olvidando es tu vida y cualquier intento de aprovechar tus sentidos para recibir las señales adecuadas ante cualquier otra oportunidad de ser feliz.

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Y ojo, que con primer amor no me refiero ni al primero que te robó un beso, ni al segundo que despojó tus vergüenzas. No. Con primero me refiero al que marcó tu primer antes y después. A aquel que, por suerte o por desgracia, fue el primero que significó mucho más que un cotilleo entre amigas.

Bueno, y por supuesto estoy totalmente en desacuerdo con “los amores reñidos son los más queridos”. A ver, esto lo escribió un enamorado bohemio antes de precipitarse por un acantilado, o qué. ¿Desde cuándo querer equivale a dañar al otro? ¿Desde cuándo pelearse es mejor que discutir un tema? ¿Desde cuándo los gritos proporcionan más placer que un susurro? ¿Desde cuándo engañar es mejor que la seguridad que te regala la complicidad que puedas tener con alguien?

¿Estamos locos?

Loco el que lo escribió, pero aún más locos quienes le creyeron.

 Déjame que me atreva a decirte que reñir constantemente con alguien no es más que la última alternativa que te queda para llamar la atención del otro y que continúe sintiendo algo por ti, aunque esto que sienta ya no se traduzca en amor.

Permíteme que te diga que con cada pelea aumenta tu frustración y disminuye vuestra paciencia, y que el único resto de amor que os queda se esconde en los recuerdos de tu historia. Un resto de amor que parece querer asomarse entre cada encuentro físico de reconciliación con el que crees solucionar las cosas.

Permíteme decirte que te engañas, y que lo que te une a esa persona es la obsesión, esa que deriva de todos los esfuerzos y todo el tiempo dedicado a poner nuevos principios donde ya, hace mucho tiempo, deberíais haber puesto un final. Y es que no te culpo. Ya, desde pequeño, te engañaban. “Los que se pelean se desean” decían, ¿recuerdas? Bien, esas son las típicas frases que van haciendo mella en uno y van buscándose un sofá en tu subconsciente, en el que acomodarse progresivamente sin que te des cuenta.

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Y, llegando a este punto, te diré: las historias más cercanas que he vivido y aquella que he terminado eligiendo en mi vida son más parecidas a cuento con final feliz que a película de Woody Allen.

Y perdona eh, perdóname por ser ingenua y por creer que merezco más felicidad de la que los pesimistas intentaron limitarme. Perdona, por reconocer que me gustaban las películas Disney cuando era pequeña, por confesar que ahora disfruto con las típicas americanas que terminan bien.

Perdona.

Aunque quizás un perdona no encaje tan bien como un lo siento. Y no es un lo siento por mí, sino por ti. Porque como no uses ese cerebro que Dios te ha dado, estás condenado a que tu existencia sea un auténtico fracaso. Y sí, así te lo digo. Porque empezando por el ámbito sentimental, se van a ir viendo truncadas el resto de facetas de tu vida.

Plantéate dónde están los límites de lo que crees que mereces. Dependiendo de lo que creas, en consecuencia actuarás. Porque tu actitud atrae a los demás. Y si por desgracia has atraído a tu vida a las personas equivocadas, ésta aún te da la oportunidad de que elijas si se quedan o se van. Que sí, que sí. Que no es tan difícil tener un círculo de personas a tu alrededor que valga la pena. Que si no lo tienes, es porque no quieres.

Y es que puede que no quieras. Puede que realmente no tengas ninguna intención de despojarte de semejantes personas.

Las mismas que van hundiéndote en aquel pozo que un día construiste tú. Entonces, si es el caso, amigos mío, dejan de buscar excusas para intentar esconder en ese mismo pozo sus faceta más masoquista.

 

Tú eliges.

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