Estaba realmente enamorada. Todo era un cuento de hadas que parecía no tener final. Tenía a mi lado al hombre más detallista, amoroso y comprensivo. Solía ser envidiada por todas mis amistades, pues miraban lo bien que la pasábamos juntos. Los amigos en común nos visualizaban juntos a futuro. Al llegar a cualquier reunión nos anunciaban como ¨los tortolitos¨ o ¨la pareja perfecta¨. Y creo que hasta cierto momento, lo fuimos. Era un mismo mundo, un mismo camino que recorríamos tomados de la mano. Pero también cada uno solía tener sus ratos a solas o sus escapadas con amigos, y ello nos parecía bien, pues fortalecía nuestra unión.

Me conquistó con sus detalles. Con mis flores favoritas. Llevándome a bailar, al cine o a hacer todas esas actividades que a mí me encantaban. En cada cita me decía lo hermosa que me miraba y lo mucho que le gustaba como me arreglaba. Yo sabía que era atractiva y que acaparaba más de una mirada, y aun así la suya era la única que me importaba.
Era caballeroso, educado y detallista. Características que en esta época pocos hombres tienen. Se interesaba por las cosas que a mí me apasionaban. Me apoyaba, me ayudaba y me cuidaba.

Entendía por qué mis relaciones anteriores no habían funcionado. Él, era el indicado, o al menos eso creía.
Había tenido relaciones antes con un exnovio con el cual había durado años. En su momento pensé que había sido el mejor momento de mi vida, descubrí que no cuando volví a entregarme a alguien más. Él sabía que no era mi primera vez y demostró no importarle. Decía que mi vida había comenzado desde el momento en que le había dado el sí, lo cual me hacía sentir segura de volverme abrir de lleno al amor.
Y cuando llegó el momento, fue realmente mágico. Una habitación llena de pétalos y velas. Sábanas de seda. Y con anticipación una cena romántica acompañada de un enorme ramo de mis flores favoritas. No podía amarlo más. Era tan feliz… Hacía todo por mí, pensé: Él me ama.

1.1

Al paso de los meses comenzaron haber cambios… Él comenzó a mostrarse unas veces muy distante y otras muy posesivo.
Todo inició en el cumpleaños de mi mejor amiga. Me encantaba usar vestidos entallados y un poco más arriba de la rodilla. Él jamás mostró enojo por mi atuendo, al contrario, solía presumirme con el mundo entero. Esa noche supongo llegó de malas. Me miró bailando con un pequeño grupo de amigas reunidas en bolita con una copa en la mano. Se dirigió a grandes pasos hasta donde estaba y me tomó con gran fuerza del brazo, susurrándome al oído con gran enojo: ¿qué crees que estás haciendo? Me llevó hasta la cocina la cual se encontraba sola y sentía ya dolor en mi brazo pues seguía sujetándomelo con toda su fuerza. -¡Me lastimas!, le anuncié.
Me soltó y me gritó que parecía una golfa bailando en pleno bar. Que con ese baile sólo incitaba a que más de uno me mirara morbosamente y podía provocar que alguien se quisiera propasar. Sus palabras me dolían. Me había vestido así porque aparte de gustarme quería lucir linda para él. Aun así pensé que había cometido un error y él estaba en lo cierto. Me lo decía por mí bien, no quería que nadie me faltará al respeto, pensé: Él me ama.

Estábamos en el último curso de la universidad. Diferentes carreras pero aun así coincidíamos en los descansos. Uno de mis profesores nos entregó unas entrevistas que debíamos hacer a los chicos de otra carrera. Esta vez no lo busqué en el descanso, pues me urgía realizar esa actividad, así tendría toda la tarde libre para mi chico. Estaba un grupo de compañeros de él y decidí entregarles las entrevistas, al final de cuentas sabía que me ayudarían por ser la novia de su compañero. Muy amablemente empezaron a responder los cuestionamientos mientras bromeábamos de cosas sin sentido.

Inesperadamente sentí un pellizco debajo de mis costillas, me retorcí un poco del dolor, pero al notar que era él disimulé. Lo hizo una y otra vez. Una lágrima me recorrió la mejilla y la limpié antes de que alguien lo notara. Lo había notado él. Se acercó a mi oído y me susurró: -¿te duele?, ni siquiera pude responder cuando pronunció: -a mí me duele más que coquetees con otros hombres, ¡eres una ofrecida! Quise explicarle por qué estaba con ellos, pero uno de sus compañeros no nos quitaba la mirada de encima, supongo se había dado cuenta de la situación. Él me abrazó y me dio un beso en los labios para que todos notaran lo cariñoso que era conmigo sin importarle que estuviera en público.

De repente sentí sus dientes encajarse en mi labio superior haciendo que éste me sangrara. Me separé de él y me fui corriendo al baño. No sé qué inventaría a sus compañeros para justificar mi presurosa huida, pero en cuestión de minutos ya estaba afuera del baño de chicas esperándome. Lloré amargamente. Me dolían sus palabras y sus acciones. Si me amaba no entendía por qué me lastimaba. Lloraba también de enojo y de rabia. Esta vez no estaba dispuesta a pasársela como la primera. Salí del baño y tomó mis manos. Apenas iba a pronunciar palabra cuando habló él. Me pidió perdón. Dijo que la culpa la tenía yo por ponerlo celoso. Que me amaba más que a nada y temía perderme o que yo lo dejara por alguien más. Sus ojos se tornaron llorosos. Verle mal me partía el alma. Pensé lo mal que la habría pasado al verme con esos chicos imaginando lo peor. Me sentí culpable y entendí sus celos. Pensé… Él me ama.

Pasaron unas semanas y él no había vuelto a agredirme, al menos no físicamente. Sin embargo, yo ya no vestía más como me gustaba. Me había prohibido usar shorts cortos, faldas y vestidos o blusas escotadas. Sólo podía maquillarme lo necesario, quizás un poco de máscara en las pestañas, o un poco de rubor o color en mis labios, pero nunca las tres cosas al mismo tiempo. Decía que no necesitaba nada de ello, que para él era hermosa al natural y que en cuanto a mi ropa, no quería que nadie me faltara al respeto. Volvía a cuidarme, a protegerme. Pensaba: Él me ama.

Principal

Ya no salía más con mis amistades. Mi tiempo entero era para él. Pasaba por mí desde temprano a casa y nos íbamos juntos a la universidad. Al salir me esperaba o yo lo esperaba para llevarme a casa. Si el salía con sus amigos yo solía quedarme en casa haciendo actividades que me entretuvieran por mientras él se desocupaba. Argumentaba que teniéndolo a él no necesitaba de más nadie. Que él era mi mundo y que si quería que las cosas marcharan bien entre nosotros, yo debía renunciar a lo demás. Tenía razón, él era mi todo. Y de verdad quería estar bien con él, mantenerlo contento. Pensé que si me quería sólo para él era porque… Él me ama.

Había perdido a mis amistades. Sólo tenía autorizado salir con él o con mi familia en su compañía. La única persona que seguía interesada en mí era mi mejor amiga, quien nada tonta se daba cuenta de la situación y me aconsejaba que lo dejara, que no tuviera miedo a hacerlo, que a mi alrededor había muchas personas que me querían, me pedía casi llorando que volviera a ser la de antes, que me echaba de menos. Sus palabras me dolían, pero más me dolía la idea de alejarme de él, lo necesitaba tanto como él a mí.
Él me había prohibido su amistad pues argumentaba que era una zorra coqueta. Eso no era verdad. A él lo que le molestaba era verla libre y recordar que así era yo. Sólo podíamos charlar durante clase o mensajear cuando él no estaba conmigo. Una tarde me llamó. Comenzamos a recordar todas nuestras escapadas de la escuela, nuestros días juntas y felices. Me recordó a mi antigua yo. Ella la echaba de menos tanto como yo. Era otra. Pero era el precio que debía pagar para poder estar con el hombre de mi vida, pensaba.
Las horas transcurrieron sin darnos cuenta. Como ya no salía más con ella, tenía muchas anécdotas por contarme. Me sobresaltó los golpes a mi puerta. Me levanté presurosa a fijarme quien era. Ahí estaba él con el ceño fruncido. Lucía tan molesto que no entendía por qué. Abrí sin darme cuenta que aún sujetaba mi móvil y no había cortado la llamada. En cuanto la puerta terminó de abrirse me empujó sin previo aviso golpeando mi cabeza con un muro. Me tomó del cuello levantándome un poco, ya no sentía los pies en el piso. Sentía que me asfixiaba. No pensaba. Sólo quería de vuelta el aire a mis pulmones. Entre mi inconsciencia lo escuché decir que era una estúpida. Una maldita golfa que no merecía tenerlo a mi lado. Me reprochaba las horas que había estado marcando a mi móvil y que siempre sonó ocupado. Fue cuando me percaté que aún lo sostenía y que la llamada seguía ahí, seguramente mi amiga estaba escuchando tal escena, pero no lograba zafarme de él.

Al notar que aún tenía el móvil me soltó y arrebató éste. Al leer el contacto hizo una mueca de desagrado y lo estrelló contra el piso, quebrándolo en mil pedazos. Se volteó hacía mí y sin dejarme siquiera reponerme de su estrangulamiento, me soltó un puño en el ojo izquierdo. Caí inconsciente. Cuando volví en sí, estaba recostada en mi cama y él a mi lado. Lo vi con miedo y quise pararme para huir de su lado, pero no me lo permitió. Supongo que había estado llorando pues tenía los ojos hinchados y aún se miraban mojadas sus mejillas. Quiso disculparse pero no le permití.

Le dije que había llegado el fin de nuestra relación. Que esta vez había llegado demasiado lejos y no estaba dispuesta a volverlo a perdonar. Se arrodilló ante mí y me suplicó que lo perdonara. Que estaba furioso porque lo había desobedecido. Que me merecía una lección por ello. Le reproché que él no era nadie para elegir mis amistades. Que ya no quería estar más a su lado porque me hacía daño. Lo eché de mi casa y accedió sólo porque en ese momento en que alegábamos llegaron mis padres. A quienes les tuve que mentir acerca del golpe. No era la primera vez que me miraban algo raro. Los moretones de sus pellizcos, mordidas y jalones podía maquillármelos, pero ésta vez no fue posible, pues aparte de que un color purpura rodeaba todo mi ojo, también estaba demasiado hinchado.
Pasaron los días… Días en que no había hablado con él ni lo había visto. Pero se había hecho presente con las flores que diario enviaba a mi casa. También en mi asiento de la escuela dejaba notas de amor y un peluche, siempre pidiéndome perdón y una oportunidad más. Alrededor de dos semanas me pidió vernos. Decía en una tarjeta que me tenía una sorpresa, que le diera la oportunidad de reconquistarme. Que sabía que yo lo amaba tanto como él a mí. Tenía razón. A pesar de todo yo lo seguía amando y meditando las cosas llegué a la conclusión de que efectivamente yo lo había desobedecido, merecía su trato, sólo me dio una lección, pues… Él me ama.
Por tal motivo asistí a la cita. Ésta era en su apartamento. Sentí un poco de miedo al principio y dudé. Pero al ver la decoración desde las escaleras hasta la puerta de éste me convencí. Había adornado todo como aquella primera vez en que me había entregado a él. Corrió a mi encuentro y me abrazó pidiéndome perdón, rogándome una oportunidad, a la cual accedí con todos los detalles que me había preparado. La cena estuvo deliciosa. Hablamos, bromeamos y reímos. De nueva cuenta volvía a ser el hombre del que me enamoré.
Cuando llegó el momento de estar íntimamente con él, todo cambió. Me despojó de mi ropa presuroso. Ni siquiera me dejó desnudarlo. Permaneció con la camisa todo el tiempo. Me arrojó a la cama y cuando menos pensé ya estaba encima de mí. No hubo caricias y sus besos eran muy arrebatados, me lastimaba los labios al grado de sentirlos hinchados y seguramente llenos de moretones. Fue muy brusco esa noche. Entraba y salía de mi cuerpo con furia. Sentía tan adolorido el cuerpo que realmente no lo disfruté. Ni siquiera me permitió acariciarlo, pues en todo momento me sostuvo con fuerza las muñecas. Sus movimientos eran muy pronunciados. Y Le pedí que parara, pero me ignoró y lo hizo con más fuerza aún. Me llenó el cuello, y los brazos de chupetes, no me los veía pero sabía que ahí estaban porque la piel me dolía. En cuestión de minutos paró. Su atroz acto había llegado a su fin pues había logrado satisfacerse. Se recostó a mi lado tan cansado que ni siquiera notó mi llanto ahogado, cerró los ojos y se quedó profundamente dormido sin pronunciar palabra alguna. Pensé en lo que debió extrañarme y necesitarme para comportarse así, pensé: Él me ama.

Era fin de curso, seguía con él… Las cosas no habían cambiado del todo. Pero todo lo que me hacía sabía que eran porque él me amaba. Estaba lista esperándolo para asistir a nuestra fiesta de graduación. Pasaron treinta minutos, después una hora y luego dos. No había rastro alguno de él. Le marqué mil veces de mi casa porque desde que había quebrado mi celular no volví a usar otro para no tener más problemas con él. Escuché timbrar el teléfono de casa y era mi amiga, no me guardaba rencor por haberme distanciado de ella e ignorar sus imparables súplicas de lo dejara y volviera a ser la de antes.
Me preguntó que qué había pasado, porque él había llegado sin mí. Pensé que quizás ella lo había confundido, no era posible que él me dejara en casa esperándolo y que asistiera a un evento tan importante para ambos sin mí. No quise darle explicaciones y le pedí que pasara a casa a recogerme. Sabía que no se negaría. En cuestión de segundos estaba parada en mi portal y en el coche esperando un par de amigos. Me cuestionó acerca de por qué había llegado él sin mí y mi mirada le dijo todo. Me abrazó y me dijo que estaba bien, que era nuestra noche y nada debía importar más. Ella tenía razón, era nuestra noche, la última juntos y la debía disfrutar.
Uno de mis compañeros de clase me tomó del brazo. Era costumbre entrar acompañada de tu pareja. En este caso mi pareja se había olvidado de mí, así que no veía lo malo en que me hiciera el favor de no dejarme entrar como una completa tonta sola. Entramos y el fotógrafo nos pidió que nos acercáramos para fotografiarnos. Me tomó de la cintura y junto con el flashazo de la cámara sentí su mirada fulminarme. Fue cuestión de segundos para verlo frente a nosotros, tan furioso que asustaba…
Fueron uno tras otro los puños que le propició a mi compañero en distintas partes del cuerpo. Le quebró el tabique de una patada que le dio en la cara cuando esté se encorvó del dolor a causa de los golpes. Maestros y compañeros se metieron para detener la pelea. Yo estaba inmóvil. Lo desconocía completamente. Él se zafó de todos y salió del salón. A lo lejos alcancé a oír que la policía ya venía en camino así que corrí tras él para advertirle. Quise tocar su hombro como anunciándole que ahí estaba y como reacción sentí parte de su brazo en mi cara, tumbándome por el impacto.

Al darse cuenta que era yo se quedó mirándome tirada unos segundos. Y comenzó a darme patadas en todo el cuerpo. Decía que me lo merecía. Que nuevamente le había faltado. Que era una mujerzuela. Se agachó y me tomó del cabello jalándolo fuertemente. Me gritó una y otra vez que me lo merecía. Que no había sabido valorarlo, que todo lo que había hecho era culpa mía. Que debía entender que era sólo suya y si no de nadie más. Las palabras no salían de mi boca. No logré decir nada. El dolor me tenía anestesiada, casi sin vida. Creo recordar que de nueva cuenta trató de asfixiarme. Y yo sólo me dejaba llevar… Ya no sentía más nada.
Sentía mi cuerpo recibir golpe tras golpe y al mismo tiempo éste se desvanecía. A lo lejos alcancé a escuchar la sirena de la patrulla que habían llamado mis compañeros. Fijó su mirada llena de odio en mí y apretó aún más sus manos a mi cuello. Resbalaron lágrimas por mis mejillas. No sé a qué se debían, si ya no sentía más dolor. Sólo sé que fueron las últimas que derramé por y a causa de él. La sirena se escuchó más cerca y mi cabeza retumbo contra el cemento cuando él me soltó y salió huyendo como todo un cobarde que era.
A lo lejos alcanzaba a escuchar a los paramédicos pedir que abrieran paso, que necesitaba aire. Era mucha la gente a mí alrededor, supongo, porque por más que traté no logré que mis pulmones se llenaran de aire. Sentí una y otra vez unas manos que oprimían mi pecho. Por un momento creí que él había vuelto para seguirme lastimando, no era así. Los paramédicos hicieron lo imposible… Ya era tarde. Demasiado. Ellos pronunciaron lo que a más de uno de mis compañeros y maestros les dolió escuchar, porque aunque no respiraba más podía oír sus llantos, -lo sentimos, ella ha muerto.

Él lo había dicho, suya o de nadie. Y, no volví a ser de más nadie. Y aun con lo sucedido, mi única interrogante es… ¿Él me ama?
Si pudiera regresar el tiempo, evitaría lo sucedido, poniéndole un alto desde aquella primera vez que me ofendió y me prohibió vestir como a mí me gustaba, salir con mis amigos y hacer todas esas cosas que me encantaban. Pagué muy alto el precio de su amor. Y tú… ¿Qué precio estás dispuesta a pagar?

¿Él me ama?… Mi respuesta debió ser siempre… YO ME AMO.

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Autor: Stepha Salcas



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