El hombre ideal no es igual que en los cuentos, ni es distinto, sino todo lo contrario.

Por ser niñas y sin afán de ser sexista, siempre crecemos con un lado más ternurita, es decir, las películas de Disney nos encantan y terminamos soñando, y esperamos toparnos con nuestro príncipe azul como nos lo hizo creer la industria del cine, pero a decir verdad, yo creo que el hombre ideal no lo inventó Disney, lo hizo Matt Groening, sí, leíste bien, Matt creó al hombre perfecto cuando mandó a la pantalla la personalidad de Homero Simpson. No me crees, mira que te lo daré desmenuzado.

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Echa una revisada a las personalidades femeninas tan distintas que encontraras en los estados de facebook, seguro encontrarás a esa despechada mujer que no escatima en letras para echar en cara el rencor que siente por el hombre que la dejó, de la manera más madura posible se empeña, sin darse cuenta, en sonar absurdamente ardida por la experiencia sentimental, como sea que haya pasado, luego, verás a esa dulce y cachonda señorita que manda indirectas en línea recta para aquel que acaba de conocer y de verdad le trae ganas, verás también aquellas que se sienten terriblemente solas pero desgastan toda su energía en ver que están felices, que son autosuficientes y que están poderosamente contentas de ser solteras.

La lista es grande quizá interminable, pero si prestas un poco de atención seguro te darás cuenta que todas cumplen una misma característica, que en general están regidas bajo la misma información “genéticamente” implantada de buscar y esperar hasta que llegue el verdadero amor, en la cara y el cuerpo del hombre ideal.

En algún momento todas decimos que “esas llamadas y mensajes de improvisto enamoran”… claro, sobre todo cuando te llama para decirte que llevara a la casa a sus amigos a ver el fut, que les enfríes las chelas y les hagas botanita, otras dicen que “si verdaderamente hay amor, NO te hará derramar una sola lágrima por él”… ¡por favor! Siempre terminamos llorando y echándoles la culpa, se llama el arte del pleito robado, también viene en nuestra genética, es como un chip implantado al nacer.

El punto es precisamente eso, ver las letras chiquitas del contrato del amor, es decir, cuando empezamos la relación, te darás cuenta que no se pierde un solo detalle de la conversación y hasta la recuerda para más adelante, se empeña en conocer cada detalle de lo que te gusta y lo que no, pues claro, se llama ponerse las pilas por que le gustas y no quiere regarla, tan pronto, a ti te resulta sumamente sencillo llegar al sendero romántico con él, pues aunque siempre te has encargado de mostrarte al mundo como una mujer independiente y sumamente exigente en cuestión del amor, resulta que también te gusta él y los defectos están de menos porque cualidades, siempre salen más.

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Después, con la relación completamente formalizada y estandarizada, comienza a ver la verdadera personalidad de él, la realidad que se escondía en esa utópica e imaginativa capsula romántica, eso no quiere decir que el hombre ideal no exista y que solo son mentiras que en automático, forja el estado de enamoramiento, no, no es eso, lo que pasa es que nos cuesta tiempo darnos cuenta que el hombre ideal “ES REAL” es de carne y hueso, sufre, miente, ríe y llora como todos los demás. Es un hombre y tu una mujer, son humanos al fin.

Cuando entiendas que tu hombre ideal, es aquel que siempre te saluda con un beso sin tomar en cuenta tu aliento matutino, el que sabe la dosis correcta de empalagamiento y de aislamiento que necesitas esos días especiales, el que te apoya esos días de dieta con un verde plato de arbolitos a medio cocer, aunque se coma a escondidas una hamburguesa de tres pisos porque no se llenó.

El hombre ideal a veces te sorprenderá con una taza de café y galletitas cuando estés sumida en tu ordenador, quizá llegue con chocolates o con reproches, ellos también tienen días difíciles, en esos días te tocará a ti arrimar un par de cervezas heladas y compartir un tazón de churritos rancios con chile. Es necesario saber que tu hombre ideal solo tiene ojos para ti, aunque sea imposible dejar de ver el fenomenal cuerpo que tiene la mesera que lleva la botana en el bar.

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Cada vez que me preguntan el estereotipo de mi hombre ideal, no dudo en responder que definitivamente no es como me lo pintó Disney, en realidad, es al revés, no dudo en tener esa imagen mental del apachurrable Homero Simpson, un hombre con convicciones propias que no teme mostrarse como verdaderamente es ante su compañera de vida.

 



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