Habían pasado varios años desde que salía con alguien, así que ya sabrán, iba toda emocionada. Desde que estaba más pequeña siempre fui la chica con la que casi nadie quería salir, así que cuando él tocó a mi puerta, creí que iba a ser algo bueno. Fuimos a tomar un café, luego a caminar al parque. Debo decir que todo iba bien, excepto por una cosa: él parecía distraído, no me ponía mucha atención; quiero decir, fue muy amable y todo eso, pero me daba la impresión de que quería irse pronto. Cuando nos despedimos, me quedé con esa fea sensación de no saber en qué había fallado yo, e inmediatamente pensé que quizá no era lo suficientemente atractiva.

Poco después tuve otra cita. Esta vez sí que fue un fiasco. Fuimos a beber unos tragos y él estaba todo serio e indiferente; cuando yo le hablaba me contestaba toscamente y cortante, y al final, al despedirnos, tuvo el atrevimiento de decirme “pues no eres una modelo, pero estás más o menos bonita”.

No saben lo que me hirieron esas horribles y estúpidas palabras. Han pasado ya casi 12 meses de eso y no me he atrevido a tener otra cita, porque gracias a este tipo se reforzaron de manera enorme mis mayores complejos e inseguridades. Renuncié a esos sueños de películas románticas de conseguir a mi príncipe azul que me hiciera dichosa y feliz, aunque luego me di cuenta de una cosa: si los hombres no me valoraban, no era mi culpa, sino culpa de esos estereotipos de belleza que nos imponen y que le impiden a ellos conocer a fondo a las chicas y ver su verdadera belleza interior. Creer esto me hizo sentir un poco mejor, aunque no tanto como para pensar en volver a salir con chicos.

Me dediqué a mis estudios universitarios, tratando de olvidar aquellos incidentes de mis citas frustradas y concentrándome en mi futuro académico. Para mí, eso del amor pasaba a segundo plano, pero, por azares del destino, la vida me volvería a poner delante de un chico. Conseguí un pequeño trabajo en la universidad y ahí lo conocí. Un día, en un momento de descanso, me dijo que si podía invitarme un café y acepté. Platicamos lindo, todo fue bien, y por primera vez yo no estaba preocupada por mi apariencia y por si le parecía bonita o no. Simplemente me dejé llevar por el momento. Era hora de volver al trabajo, así que nos despedimos y regresamos a nuestras labores. A partir de ahí nos hemos saludado con frecuencia. No sé lo que vaya a pasar, pero lo importante es que yo ya no estoy preocupada por ello.

Comprendí que sentirme bien depende de mí misma y que las expectativas las controlo yo y no al revés (que ellas me controlen a mí). Si con este chico se va a dar una linda amistad, adelante, yo encantada; si va a suceder algo más, pues qué mejor. Pero ya no estoy ansiosa porque algo pase, ¿me explico?, porque entendí que primero debo estar bien conmigo misma si quiero estar bien con alguien más.

Sí, en mis citas anteriores, algunos chicos se portaron un tanto descorteses, y aunque ese fue su error, no debo culparlos a ellos por mi baja autoestima. El amor que yo me tenga es algo que depende de mí misma y nada más. Debo aprender a quererme, respetarme y a ser honesta con mis propios sentimientos si quiero poder abrirme con los demás, y claro, debo estar lista para el rechazo también, pues he entendido que no debo gustarle a todos ni todos deben quererme. Es cierto, hay ciertos estereotipos que les impiden a los hombres conocer a quien podría ser el amor de su vida, pero no es nuestro deber abrirles los ojos, ellos deben ser quienes se den cuenta del valor real de una mujer más allá de un canon de belleza establecido.

Autor intelectual: María Jesús Gómez



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