El día que te marchaste, era un día como cualquier otro, no hubo discusiones de por medio, ni enojos, ni la intervención de terceros.

Amanecimos abrazados como cada mañana. Despertaste antes que yo para poner el café al fuego, yo me levante casi enseguida, preparé el desayuno mientras tomabas un baño. Te vestiste, te veías más guapa que nunca; siempre me gustó como lucias en  ese vestido guinda. Desayunamos con calma, aun sonriendo, sin que me dieras rastro alguno de lo que pasaba por tu mente; siempre misteriosa, reservada, de mirada profunda e indescifrable, esa mirada que me había enamorado casi desde el primer día.

juntos

Diste un sorbo a tu café mientras me  mirabas  fijamente, después tomaste mi mano, y  así de repente como eras tú, dijiste  algo que me helo la sangre

– Tengo que irme.

– por unos días. Pregunté

-por un largo tiempo, tal vez no vuelva.  Exclamaste

Tenías el poder de sorprenderme, e  incluso de confundirme, pero creía  que al menos conocía un poco más de ti, o por lo menos de lo que sentías por mí.  Al principio sentí que mi mundo se derrumbaba. No tenía un plan de vida sin ti, nunca contemple la idea de que te marcharas;  sin embargo ya lo habías decidido.

En ese momento pasaron  muchas cosas por mi cabeza, intentando encontrar explicaciones que sabía que no me darías. Muy en el fondo, conocía perfectamente las respuestas a todas mis preguntas.

Te pedí que lo pensarás, sabiendo de antemano que no había vuelta atrás. Te irías, tenía  muy claro el por qué.

  

Eres de las mujeres que llegan a la vida de los otros para restaurar el alma, de las que dejan huella, de las que marcan un antes y un después en la vida de cualquiera. De esas mujeres mágicas con las que sueñan todos, de esas mujeres que  aman intensamente, pero que sin embargo no se quedan.

 

Habías cumplido tu cometido conmigo, y ahora era tiempo marcharte

bye

Preparaste con calma tu maleta, yo estaba sentado ahí a tu lado, guardando en mi mente esos últimos momentos junto a ti. Estabas muy sería, sabias cuanto me dolía esta despedida, al  mirarte supe que a ti también te dolía.

Cuando terminaste de empacar, caminé detrás de ti  con tu maleta en mis manos. Puedo decir que el momento que a continuación relato ha sido sin duda uno de los más difíciles de mi vida. Decir adiós nunca me había dolido tanto.

 

Como siempre entera, tan segura, tomaste tu maleta,  yo con un nudo en la garganta  y una falsa sonrisa que contenían mis ganas  de llorar.

Gracias por todo, Dijiste.  Así de simple se acababa nuestra historia, o eso creía…

Justo cuando estaba a punto de cerrar la puerta, soltaste tu maleta , diste la vuelta inesperadamente y  te abrazaste a mi cuello, me besaste con fuerza, con esos labios tuyos que me enloquecían, tu lengua entre mis dientes; tan dulce y al mismo tiempo  agresiva.

he cry

Aun después de ese largo beso, sabía que no habría posibilidad de que te quedaras, simplemente habías decidido darle un final perfecto a la historia. Cerré la puerta deseando correr tras de ti y rogar para que te quedaras, pero no lo hice, sabía que no tenía caso.

Me quedé pegado a la puerta escuchando el ruido de sus zapatos alejarse mientras algunas lágrimas se me escapaban.



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