Debería suplicarte para que no te vayas, para que te quedaras aquí conmigo aunque eso significara que nuestras almas queden unidas pero rotas irremediablemente por culpa de la desconfianza. Debería rogarte para que entendieras que sin ti mi fe no tiene convicción. Debería implorarte para que vislumbraras que sin mí tus ojos no brotarían dulces lágrimas, esas que nacen cuando la felicidad es tanta que una simple sonrisa no es suficiente para sugerir al alma de que por un breve instante has sido inmensamente dichoso. Debería instarte para que de una vez por todas te convencieras que sin mí tan sólo hubieses conocido el lado glorioso del cielo, que jamás hubieses conocido lo que es habitar un celestial infierno. Debería invocar a todos mis demonios para que te retengan a mi lado, para que te dicten razones por las cuales los ángeles caídos decidieron escaparse al abismo terrenal.

Debería exhortarte con amorosas palabras que deshagas tu equipaje, que sólo dejes ahí las dudas; porque son ellas las que te obligan a emprender este precipitado viaje. Debería rezarte para que creyeras que tu corazón aún soportaría una última cruzada. Debería orarte para que cada fibra de tu cuerpo te reclamara mis caricias, mis besos, mis mordidas, mis gemidos. Debería clamarte para que tu corazón desista de esta amarga y cruel venganza. Debería llorarte para que te percataras de que no soy de hierro, que no soy tan fría como crees, que tengo sentimientos. Debería gemirte lastimosamente para que tu dolor reconociera al mío, para que ambos se entendieran y se consolaran juntos. Debería apelarte para que tu corazón razonara que todo esto no ha sido más que una terrible infamia. Debería conjurarte para que el amor que sientes por mí te haga ver que esta despedida no es la solución a este inusitado episodio. Debería demandarte para que tu mente perdiera potestades de influir en este litigio. Debería reclamarte que tú también tienes parte de la culpa de que llegáramos a estas dolorosas circunstancias. Debería encargarte de que encontraras solución a este difícil dilema. Debería sugerirte de que sólo hacen falta unas rosas, una botella de vino y una noche solos tú y yo, sin argumentos del pasado.

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Debería interpelarte para que contestaras sinceramente el por qué de esta intransigente decisión. Debería pretenderte para que recordaras por qué tu amor siempre ha necesitado del mío. Debería exigirte que cumplas tu promesa de ser felices juntos por siempre. Pero entre tantos ¨debería¨, debería desearte que encuentres a alguien que pueda hacerte feliz, alguien que sea totalmente diferente a mí, alguien que llene las expectativas que ahora tu corazón se ha formado para ti.

Debería, debería, debería…. ¡Maldición! Pero mi orgullo me consume, mis palabras no encuentran sonidos, mis miradas no se leen como súplicas, mis gestos parecen desafiarte a cruzar de una maldita vez esa estrecha puerta.

Por: Cruz Cedano



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