¡Ayúdame, poderoso Señor, a sacar a este hombre de mi memoria! Tanto le amo que he vaciado casi la totalidad de mis lágrimas llorándole, extrañándole, reviviendo los momentos que hemos pasado juntos. Le amo como no tiene el mundo una idea, Dios mío, le amo de los pies a la cabeza, de arriba abajo, de lado a lado, de su corazón físico a su alma, cada día que pasé a su lado mi amor por él se fue haciendo más grande, por eso hoy que ya no lo tengo a mi lado sufro, sufro como nadie se imagina, sólo tú Señor sabes cuán grande es mi penar. Alíviame, tú que estás en las alturas y que todo lo puedes, alíviame este desgarrado corazón. Le amo tanto, ¿cómo olvidarle? ¿Cómo borrar de mi mente todas esas memorias que me asfixian, que no me dejan vivir, porque sin él no puedo respirar? Supongo que no se puede sacar de la mente lo que no se puede borrar primero del corazón. Pero él echó tantas raíces en mi corazón, que arrancarlo de mí sería arrancarme la vida… aunque, viéndolo bien, ¿para qué quiero la vida si no lo tengo a él a mi lado?

Seguramente te estoy ofendiendo, Señor, con mis palabras, Tú, que me has dado la vida y yo que pretendo apagármela por un dolor que para ti debe ser como el paso de una hormiga. Pero es que, Señor, yo soy una simple mortal, y este dolor me pega justo en el alma, me puede y me enferma, y siento que no puedo con esta carga ni un solo minuto más, por eso acudo a ti, en busca de consuelo, de alivio, de paz, de la tranquilidad que sólo tu calor divino puede dar. Dale la entereza suficiente a mi corazón para soportar la soledad que él ha dejado. Dile a mi alma, mi alma que tiene esa chispa divina que tú has puesto en ella, que en verdad no lo necesita, que él puede irse a hacer su vida, que tiene ese derecho, que yo no soy su dueña, que no me pertenece y que nunca me ha pertenecido. Házmelo entender, por favor, Señor, porque yo soy necia, y si se lo dejas solamente a mi voluntad, seré débil e iré corriendo a la primera oportunidad a buscarlo, a implorarle de rodillas que regrese, a rogarle que me ame nuevamente como solía hacerlo… y no, no quiero eso, no quiero humillarme.

Ayúdame, Todopoderoso, a no verlo en cualquier parte, porque tal parece que no eres tú el omnipresente sino él; ¡ay, Dios mío!, sé que estoy diciendo una blasfemia, pero es verdad, a él lo veo en todas partes, como si se hubiera convertido en un ser supremo capaz de tener el don de la ubicuidad. Ayúdame a bajarlo de ese altar en el que lo tengo, porque es un lugar que no le corresponde. Oh, Dios, sé que tú tienes el poder para atender mi llamado y estrecharme la mano, o al menos para darme una señal que me dé la fortaleza necesaria. Te lo pido yo, tu sierva, una mujer desesperada, con el corazón roto y con el alma destrozada por un hombre que la abandonó.



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