Justo ahora miro al cielo obscuro. Mismo que fue testigo y cómplice único de nuestras historias. Quien no solo nos envolvía sino quien también nos indujo con morbo a calmar nuestras bocas envenenadas, observaba nuestros cuerpos vaporizándose, saciar nuestras manos desesperadas. Maldito cielo. Es ahora él quien me recuerda que las raíces de tu visita a mi vida, son imposibles de arrancar. Como tú, yo tampoco me lo esperaba. Me atraparon tus mañas, me enloquecieron tus manías… y la forma curiosa en la que me llamabas. Nuestras cómplices miradas.

Se me hizo inevitable detener la rueda de mi vida para que formes parte de ella y permanecer todo ese tiempo sosteniendo tu mano. Tu suave mano. Como aquella noche, que crucé tus dedos entre los míos. Y mezclé mis mares con tus ríos. Se me hizo inevitable verte y saber que te había encontrado. Nunca supe cómo se llamaría esa persona, cómo sería ni cuándo nos cruzaríamos. Pero esa noche supe que eras tú. Que por fin eras tú. Recuerdo mirar tus pupilas por primera vez, sentir la presión de tus labios en los míos por primera vez, fundirnos abrazados de vez en vez. No olvido la fricción de tu piel con la mía.

Quisiera a todos gritarles lo que vivimos, que sepan que hubo un día que fui todo para ti, que nos extrañábamos aproximadamente 23 minutos antes de despedirnos y que me dedicabas 30 horas del día. Quisiera que sepan que no los necesité mientras estabas tú, que tu voz calmaba mis tormentas y que el tiempo era más relativo, valioso e hijo de puta con nosotros. Siempre se me hizo eterno esperar a las nueve de la noche (entre semana, claro) para complicarnos más la vida, y cuando por fin nos teníamos, cada parpadeo duraba una hora o a veces dos. Hoy entiendo que no estás. Sólo este mismo cielo que a ambos nos cubre y esta misma tierra que ambos pisamos, sabrán cómo estás. Y siento envidia, de esa que duele.

Y aunque me amarro mis intenciones por saberte de nuevo, sé que puedes encontrarte bien. Y me aterra. A veces me descuido y el viento me arrebata y siento el olor tuyo, aquel que me dejabas en la ropa y aprieto los ojos para no recordarte.

Y me miento porque sé que es inútil. Porque sé que antes de hacerlo ya te estoy pensando. Vamos. No sé si algún día leerás esto. Pero cuando lo hagas, recuerda mis canciones a tu oído, las metáforas que te he escrito. No olvides cuando me atreví a dar el primer paso. Lo niego, pero cuando te mencionan, algo me desbarata. Algo me emociona.

Se me hace curioso porque intento disimular lo sucedido, lo que siento, las ganas de hablar de ti. Espero involuntariamente que alguien pronuncie alguna frase con tu nombre… y es que aún estoy retomando torpemente mi vida. La rueda de mi vida. Ahora sin ti.

Me llevo tus secretos en una cajita de madera, al cementerio que igual fue destino de mi esperanza, aquella misma que, necia, me convencía que podía escuchar de nuevo tu timbre algún día. Quien me orilló a atreverme y me puso una pistola en la cien para en tus labios perderme. Me llevo también, el recuerdo de tus ojitos chiquititos que brillaban al recordarme y cada suspiro que me dedicabas al aire. Al detenerte y pensarme. Recuerdo tu rostro, tus ojos llenos de alegría, tus manos que me infectaban de pasión y tu sangre me contagiaba de alegría.

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También lo tuyo negativo quería y es tu signo positivo lo que yo dejé a la suerte, no importaba si estaba confundido y si eso me llevaba a la muerte, no importaba si era contigo. Podría seguir resumiendo cada momento y mil historias que tú y yo nos llevaremos a otras vidas pero no estás y a pesar de que la vida quiso caminos distintos para ambos, sé que hubo un tiempo que nos tuvimos. Después nos abandonamos, como se olvida el inicio de algún camino por el que andamos. Deseo con toda mi voluntad que mi persona que te vivió y ahora te sufre, muera pronto y no deje siquiera epitafio en mi memoria. Sentimiento que me agobia y me pesa. Mientras eso no suceda.

Cuando quieras ven. Cuando puedas regresa.

Por: Xadoyado



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