Por una u otra razón, te sales del caminito que te han trazado y tomas la decisión de hacer lo que quieres.

No importa de qué se trate: Un cambio radical de imagen, una mudanza, la apertura de un negocio o tu inscripción en un curso… sobre el que te preguntan medio burlones: ¿Y “eso” para qué sirve?

Tú estás decidido y más que dispuesto a seguir adelante. Crees en ti y eso te facilita dar los primeros pasos.

Pero no puedes tapar el sol con un dedo. Cuando no actúas conforme los demás esperan, surgen algunos inconvenientes.

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Entre ellos, que hay personas a quienes les importará un bledo lo que hagas y otras que no te apoyaran, sino todo lo contrario.

¿Y qué? Tampoco tienen porqué hacerlo. Tus razones son tuyas. A ti pueden sonarte muy convincentes. Tanto como para apasionarte para pasar a la acción. Pero los demás no tienen porqué compartir ni tus razones ni tu entusiasmo.

Unos te respetarán y dejarán que vayas a tu aire, aunque no entiendan ni apoyen lo que haces. Pero otros… ¡Ufff…! Te lo van a poner difícil.

Puede que te digan que estás equivocado, que eres un loco, que no sabes dónde te estás metiendo, que te vas a esforzar para nada, etc.

Te van a criticar, a desanimar y a contagiar con sus miedos. De esto no hay manera de librarse.

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¿Y qué? ¿Acaso es la primera vez?

Acostúmbrate a no contar siempre con el favor de los demás. Hay personas de tu lado, impulsándote, y hay otras que, quizás sin mala intención, te ponen gravilla en el camino.

Es un pequeño precio que has de pagar para hacer lo que tú quieres. Si no estás dispuesto a pagarlo,da gusto a todos los que te rodean. (Aunque esto sale más caro a la larga. Ojalá que no tengas la ocasión de comprobarlo.)

¿Una sugerencia? Si estás convencido de lo que quieres hacer, hazlo. Paga ese pequeño precio por tu libertad. Porque en tu vida mandas tu!!

monito

 

Fuente por: Motivación.



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