No conozco a nadie que diga que le agrada que le mientan, ni siquiera cuando se trata de mentiras blancas o inocentes. ¿Por qué alguien habría de decidir por nosotros lo que debemos o no debemos saber? Eso es lo que nos preguntamos cuando alguien nos miente.

La mentira y la hipocresía van de la mano, y ambas nos disgustan porque nos hacen sentir como si nos menospreciaran, como si trataran de vernos la cara de tontos. Y entonces, cuando las mentiras se vuelven frecuentes, comenzamos a levantar una muralla entre nosotros y el mundo para protegernos de los demás, y empezamos a desconfiar a la primera, a tal grado que llega el punto en que ya no sabemos distinguir a un mentiroso de una persona honesta.

Algo muere dentro de nosotros cuando la confianza desaparece. Es realmente lamentable que relaciones de pareja prometedoras y amistades de muchísimos años lleguen a su fin por culpa de la mentira.

Resulta irónico, porque, una vez rota la relación, cuando salimos del engaño, nos damos cuenta que hubiéramos podido soportar mejor la verdad a tener que vivir con el desastre que causó la mentira.

Ahora bien, hay que tener en cuenta que no podemos exigir sinceridad si luego nos vamos a ofender cuando nos cuenten la verdad. Siempre que nos la digan con respeto, la verdad es bienvenida, y si se trata de algo serio, se verá la forma de solucionarlo. Siempre es más soportable una verdad dura que el dolor de descubrir una mentira.

Si vas a mentir, piénsalo dos veces y toma en cuenta que todos cometemos errores, y que eso que piensas ocultar es un error que cualquiera pudo cometer. Hay más honra en pedir que nos traten como humanos y que nos comprendan por habernos equivocado que en pedir disculpas por haber querido engañar. A final de cuentas, es más probable que te perdonen un error del que fuiste honesto al confesar a que te perdonen una mentira.

Las relaciones que se basan en el cariño y en la comprensión mutuas son capaces de soportar los errores más graves, siempre y cuando haya arrepentimiento de por medio y propósito de enmienda. Las mentiras, en cambio, destruyen hasta la relación más sólida, porque socavan uno de sus pilares centrales: la confianza. Así que más vale siempre ser honestos con nuestra pareja, nuestros amigos, nuestra familia, nuestros compañeros de trabajo, pues la honestidad no sólo trae consigo una buena reputación, sino una conciencia libre y tranquila.

Autor intelectual: Raquel Aldana



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