El amor no solo entiende de humanos que intentan buscar su media naranja, no está en el compartir besos y abrazos; es mucho más que eso. Es posible amar lo que haces, querer con todo tu ser tus proyectos, iniciativas y sueños; creer en esos sueños que tenemos ahí almacenados en nuestros corazones, esos que nunca nos paramos a analizar con detenimiento, y es que todo lo que albergamos en nuestro interior es tan valioso como las mayores riquezas existentes en este mundo.
El problema está cuando no creemos, sí, cuando nos damos por vencidos, no podemos permitir que un pensamiento negativo nos incite a fallarnos, porque eso, eso significa que no estamos capacitados para comenzar a subir peldaños y rozar el éxito; que digo rozarlo, alcanzarlo. Somos seres humanos altamente cualificados, somos capaces de tropezar, caernos de bruces y levantarnos como auténticos campeones; así es, y podemos permitirnos hundirnos en el mar de las imposibilidades, todos lo hemos hecho alguna vez, pero por ninguna circunstancia puedes ahogarte en él.
Puede ser que muchas personas intenten hacerte sentir vulnerable, pequeño e incluso que plantees abandonar tus metas; no lo hagas por favor, continua avanzando, ellos son los que deberían sentirse pequeños al comprobar que eres valioso, que derrochas talento por todos los poros de tu piel y que eres arte, plasmas belleza al adorar cada uno de tus virtudes.
Recuerda siempre que nadie es mejor que nadie, sé bondadoso pero siempre dejándote respetar.
Así que ámate, hasta el punto en el que tus defectos se conviertan en tus mejores aliados, no luches contra estos, porque forman parte de ti, están en ti, debes aprender a lidiarlos y conocer su puntos fuertes, porque no todo es blanco y negro, a veces hay que extraer el lado bueno de las cosas.
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Por ello, no sólo busques a alguien que ame cada trocito de ti o que te diga palabras bonitas por tus acciones, Hay otro tipo de amor más preciado que el de una compañía física: el amor por uno mismo. Por ello tienes que cultivar tu cuerpo y mente diariamente y pensar cada mañana al levantarte que no hay nada más preciado que la felicidad propia.
Por: Ariadna López Bratlle.


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