Dicen por ahí que el amor es ciego y, regularmente, es la experiencia quien nos enseña a reconocer esa gran verdad. Cuando nos enamoramos de alguien, tendemos a idealizar a esa persona, creemos que es perfecta, que está hecha para nosotros, le inventamos cualidades extraordinarias, creemos que es la mejor del mundo, al menos en la mayoría de los aspectos, o simplemente, intentamos ver su mejor versión. Y está bien, porque el amor es así, es una etapa normal al inicio de cualquier relación.

Y es que a veces las personas son maravillosas porque nosotros necesitamos que lo sean, porque ese subidón de energía que produce el enamoramiento nos convierte en la persona feliz que siempre hemos deseado ser.

El problema es cuando magnificamos tanto sus cualidades y sus virtudes, que llegamos a convertirle en un ser maravilloso rodeado de perfección, o incluso, nos inventamos un personaje muy distinto del que en realidad es porque es el ideal que siempre hemos soñado. Pero en ese momento, qué más da si es real o no, porque es tanta la felicidad que nos embarga, que no estamos dispuestos a dejar escapar la oportunidad de disfrutar de esa persona ideal el tiempo que podamos.

Pero eso nos puede llevar a un problema mucho más grave, ya que al idealizar a una persona le otorgamos el pleno poder de hacerla dueña de nuestra vida. Es tanto lo que la valoramos, que su opinión se convierte en algo sagrado, incluso, cuando se refiere a nosotros, lo cual puede llegar a convertirnos en títeres de su opinión y llegar a creer que realmente somos como esa persona nos ve y nos califica, aun cuando esto llegue a ser dañino porque minimizamos nuestra propia opinión y nuestro más autentico sentir.

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Entonces ¿De quién nos enamoramos? ¿De las expectativas que nosotros mismos creamos? ¿De la imagen que la otra persona nos demuestra? ¿Del amor? ¿De la pasión desmedida? ¿De la ilusión compartida? ¿De lo que somos cuando damos tanto? O simplemente de nosotros mismos cuando estamos enamorados.

Es una respuesta que sólo el tiempo se encargará de responder mostrándonos la verdadera realidad, realidad muchas veces en forma de molestos comportamientos, de defectos y manías insoportables que antes no estaban, convirtiendo a esa persona maravillosa y extraordinaria en alguien común y corriente perdiendo todas esas virtudes que le atribuíamos y tanto nos atraían. Y es que es imposible mantener un estado permanente de enamoramiento, lo cual puede llevarnos a la desilusión total o al amor real si no corremos antes.

No es malo enamorarse, al contrario, es una experiencia maravillosa, y más cuando el corazón no está contaminado de antiguos amores y uno se enamora desde la ingenuidad a la grandeza. Cuando ese amor es correspondido, cuando se camina con seguridad de la mano del otro. Pero sobre todo, cuando puedes ver que más allá de las virtudes, hay un ser humano imperfecto con fallos y defectos, con sus lunas torcidas, son sus sonrisas y sus ojos alegres, con sus días buenos y sus días malos.

El enamoramiento es sólo una de tantas etapas que tiene la vida en donde lo más importante, es valorarnos y amarnos nosotros mismos, ya que sólo la plenitud de nuestro ser nos va a permitir encontrar personas similares sin necesidad de buscar quién nos complete porque ya lo estamos. Sólo desde el amor propio podremos aceptar que nadie es perfecto, porque nosotros tampoco lo somos, por lo tanto, no es necesario cambiar a la persona, ya que el sentimiento hacia ella será más fuerte y estarás dispuesta a seguir adelante por encima de todo, porque yo creo que el amor es eso, amar por encima de todo.

Así que no tengas miedo de amar lo que no es perfecto, lo defectuoso, lo poco atractivo e incompleto. Después de todo, la luz del sol es capaz de entrar en una ventana rota e iluminar un espacio oscuro.

Autor: Karla Galleta



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