Amado hermano:

Te tengo presente en mi memoria, constantemente acudes a mis recuerdos, cuando me siento a la mesa con papá y mamá y veo esa silla vacía, donde tú te solías sentar, frente a mí. Qué triste es recordar esos desayunos, comidas y cenas con tu compañía, las pláticas en la mesa y hasta las travesuras, las caras que nos hacíamos, el sacarnos la lengua… nada de eso lo he olvidado, y de hecho nunca lo olvidaré, mientras mis pulmones puedan llenarse de aire, mientras mi corazón lata, evocaré tu recuerdo, oh, querido hermano, sin importar que el tiempo pase y amenace con debilitar mi memoria: tu figura, tu sonrisa, tu rostro y tu voz seguirán fuertes en mi mente.

Mi corazón no dejará de sentir este gran amor filial que siento por ti, oh, mi hermano querido, mi pequeño hermano tan lleno de vida, travieso, que siempre andabas de aquí para allá ideando mil y un ocurrencias, con tu ánimo siempre vivaracho, y, muchachillo como eras, con tu insensatez e irreverencia características, siempre viviste como quisiste, con la libertad que a veces te llevó por senderos errados, pero de los cuales aprendiste grandes lecciones, las cuales, sin embargo, nunca pudiste aprovechar porque, lamentablemente, te nos fuiste tan joven.

La vida no te dio tiempo de crecer y madurar, y tal vez te quedaste en la edad que más estabas disfrutando, una edad de tonteras, de inocencia, de torpeza y de vagancia. ¿Cuántas preocupaciones no nos dabas con tus llegadas tarde? Todo se te hacía fácil, y mis padres te metían severas regañizas, aunque creo que si hubieran sabido cuál iba a ser tu destino, te hubieran dejado disfrutar más la vida y se hubieran enfocado más en disfrutarte a ti y ser menos estrictos contigo. Aunque, comprensiblemente, se han vuelto muy preocupones conmigo desde que tú te fuiste, y aunque es algo incómodo, los entiendo, pues no quieren perder a la única hija que les queda.

Tu noble corazón es algo que todos vamos a recordar y a llevarnos de ti para siempre. En realidad, yo no pienso que has muerto. Creo que sólo muere lo que se olvida, y yo jamás te olvidaré, créeme, jamás de los jamases, vas a vivir por siempre en mi corazón hasta que éste dé su último latido. Así es, mi hermano, el generoso, el buen chico, porque, pese a la inquietud propia de tu edad, fuiste un excelente chico. Claro, nos peleábamos, como hacen todos los hermanos, y llegó el momento en que nos hicimos llorar. Pero siempre terminábamos reconciliándonos, abrazándonos, y volviéndonos a querer, pues nuestro vínculo era más fuerte que cualquier desavenencia.

A donde sea que te hayas ido, mi hermano querido, te llevas parte de mi alma. Si existe vida en el más allá, cuídanos, a mamá, a papá y a mí. Y si algún día nos volvemos a encontrar, ten por seguro que voy a darte un gran abrazo y le pediré a Dios que nunca más nos vuelva a separar.

Te amo, hermano mío.

Autor intelectual: Toña Villegas



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