Anoche soñé con mágicos paisajes, con un encantador cielo en el que las olas del mar se confundían con el horizonte, con dunas que parecían mares de oro, con una escalera que me llevaba a paraísos inimaginables. Y entre todas esas pinturas surrealistas, estabas tú, sí, tú, con tu figura perfecta, con tu sonrisa contagiosa, con tus ojos hipnóticos color marrón y tus manos recias que me invitaban a caminar a tu lado mientras disfrutábamos ambos el fantástico panorama. En ese mundo tan extraño como precioso sólo existíamos tú y yo, no había gente a nuestro alrededor, nadie que nos molestara, nadie que juzgara nuestro amor, sólo tú y yo de la mano, con toda una tierra mágica a nuestra disposición para jugar a ser una pareja hermosa. Allí se respiraba un aire puro, demasiado puro, tanto que mareaba a veces, con un perfume suave a maderas y flores; respirarlo nos llenaba de vida, nos oxigenaba no solamente el organismo sino el alma. Y yo me quería quedar ahí para siempre, porque sabía que, en ese lugar, nuestra historia jamás terminaría, sería como un cuento con final abierto que estaríamos reescribiendo continuamente, con cada beso, con cada abrazo, con cada caricia.

De pronto, sonó una música lenta, suave y muy romántica en todo el lugar. Tú me dijiste, caballerosamente: “¿me permites esta pieza, hermosa dama?”, y yo me sonrojé y te dije que sí. Entonces nos dispusimos a bailar, lentamente. Yo nunca he sabido cómo hacerlo, pero en mi sueño no era torpe, al contrario, me movía con agilidad; éramos dos hábiles bailarines en la pista de baile más extraordinaria y caprichosa que jamás se haya visto sobre la faz de los sueños. Y ahí, estando en tus brazos al ritmo de la música, quise decirte tantas cosas, quise expresarte todos mis sentimientos hacia ti, pero extrañamente de mi boca no salían sonidos, podía moverla pero era como si estuviera enmudecida, y me desesperé, porque era como si mis sentimientos se acumularan en mi garganta, queriendo salir. No pude más y vomité, pero de mi boca salían colores, ¡estaba vomitando un arcoíris! Un arcoíris en espiral que creció y creció y creció hasta inundar con su luz el universo, y entonces vi tu rostro y sabía que tú lo comprendías, y me dijiste: “lo sé, no hace falta que me lo digas, de ese tamaño son tus sentimientos por mí”. Y me besaste, y el arcoíris explotó en millones de fuegos artificiales, tus besos eran sabor a caramelo muy dulce y sabroso, como la fruta más deliciosa que hubiera probado jamás. Entonces nos despojamos de nuestra ropa, y ahí, en medio de una playa con arena color de plata, hicimos el amor, y nos mecimos al compás de la música, que se fue haciendo más rítmica conforme la pasión crecía. Y noté como, casi a punto de llegar al éxtasis, las olas comenzaron a volverse violentas, y yo estaba al borde, a un milímetro de explotar, cuando en eso…

¡¡¡Riiiiiiiiiiiiiiiiiiiing!!! Sonó el despertador.

Y me sorprendí a mí misma bañada en sudor. Maldita sea, maldito despertador. Ahora sólo espero que vuelva a ser de noche, para acostarme de nuevo en mi cama y volver a repetir ese sueño tan hermoso, ese sueño maravilloso en el que estabas tú.



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