Es curioso como las cosas pasan tan inesperadamente, como las personas llegan a nuestra vida sin esperarlas y las mejores llegan sin buscarlas. Es tan inexplicable los sentimientos que una persona desconocida puede desencadenar en nosotros aun a pesar de negarnos una y otra vez al amor.

Y ahí estaba yo sin querer saber nada. Con las puertas cerradas de mi corazón. Con la firme decisión de estar así un tiempo, al menos mientras superaba distintos duelos. Mientras olvidaba a aquellas personas que se iban de mi vida pero se quedaban en mi corazón. Ahí estaba yo con sonrisas fingidas, con ilusiones rotas, con sueños truncados y con un armazón, uno que lograba alejar a cualquier galán que frente a mí se pudiese presentar. Ahí estaba yo siendo juzgada, la mujer fría y ¨descarada¨ que tan solo jugaba al amor, sin saber que antes el juego fui siempre yo.

Pero entonces un buen día sin buscarte, ni esperarte, ni desearte apareciste en el lugar donde ninguno debiese estar. Apareciste y abriste las puertas de par en par, entraste sin importar con lo que te pudieses encontrar. Desde el principio postraste todo tu interés en mí. Me hiciste sonreír como hace mucho nadie lo lograba. Me escuchaste con atención todo aquello que callaba. Leíste mis labios, mis muecas y mis miradas. Fuiste caballeroso y cortés, amable y muy agradable. Me transmitiste una confianza sin igual. Una conexión que no con cualquiera se logra tener. Una paz interior que necesitaba urgentemente mi ser.

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Y cuando apareciste con aquella sonrisa tan encantadora, no me importó si mi cabello lucía alborotado y despeinado. O si mi labial se miraba desgastado. Tampoco si mis jeans no eran los más bonitos ni mi blusa la más coqueta. Me miraste como nunca nadie me había visto y me hiciste sentir bonita estándolo o no, me hiciste sentir ¨perfecta¨.

-Stepha Salcas

Me perdí en cada palabra que de tus labios salía. En cada mirada que me parecía infinita. ¡Me embobé como una adolescente! Y sin digerirlo me envolvió el ambiente. Me dejé llevar sin pensar en el mañana. La mujer ¨fría y descarada¨ parecía una tonta enamorada. Sentía tantas cosas a la vez, sensaciones y emociones difíciles de reconocer, era tan increíble lo que un desconocido lograba en mí ser.

Puedo afirmar que ninguno lo planeó, el destino simplemente nos cruzó. Nadie imaginaba aquel encuentro y aquel sentimiento que nacería entre los dos. Todo sucedió demasiado rápido y es que a veces no es cuestión de tiempo sino de momentos. De sensaciones y emociones que te despierta quien menos has de suponer. Y así nos pasó, en cuestión de nada nos entregamos al amor, a la pasión. Al menos yo me entregué como jamás me había entregado a otro ser y te confieso que no me arrepiento, que lo volvería a hacer.

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Hablamos de tanto que te creí conocer, me faltó preguntar si en tu vida había alguien más y cuando era demasiado tarde ya, confesaste lo que mis oídos hubiesen preferido no escuchar. Y sin negar, sentí punzadas en el corazón, de nueva cuenta otra decepción, otro golpe más para que se nublara mi razón.

Quisiera ser alguien tan desarmable que no se fija en los demás. Que va por la vida haciendo y sin pensar a quien pueda lastimar. Lo cierto es que no soy ni he de ser así. Lo que a mí me han hecho es algo que no deseo que a otra le pueda ocurrir.

No deseo que por mi culpa alguien llore, alguien sufra o a alguien abandonen. No deseo que alguien pase por lo que yo he pasado, el amar tanto y salir lastimado. No deseo que por mi causa alguien sufra una decepción y a consecuencia de ello decida cerrar su corazón. No le conozco y no le deseo, de lo que viví contigo no me arrepiento, pero sé que lo que no quiero es hacer lo que tantas veces me han hecho. Y es que ella no es mi rival, nosotros coincidimos sin pensar hasta donde habríamos de llegar. Simplemente sucedió y ninguno lo evitó, y aunque me haces sentir mil cosas en mi interior, no quiero ser la mala que destruya una relación.

Ningún hombre vale tanto como para tener dos mujeres, ni una mujer vale tan poco para ser la segunda

¡Yo no podría compartirte!, no sabría dividirte y tenerte unos días si y otros no. No podría estar tranquila pensando donde y con quien estás, si le has de amar, si le has de besar y hacer el amor. Yo no sabría esperarte casi al amanecer, sabiendo que durante la tarde estuviste con otra mujer. No podría no angustiarme al estar sola, imaginar de qué manera pasas con otra tus horas. Yo no podría competir contra otra mujer, porque sé lo que valgo, lo que quiero y deseo, lo que he de merecer.

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Tampoco puede decir que te he de esperar. Una espera que si se alarga me puede lastimar. Una espera injusta para los tres; en donde yo te sé con ella, ella desconoce la situación y tú te sientes dividido en dos. ¡Yo no nací para estar entre las sombras!, ¡yo nací para ser amada, valorada y respetada!, y aunque esta situación es de una difícil decisión, sin conocerle me rehúso a lastimarle, ¡no se lo merece!

Creo que también es injusto pedir que cambies todo por mí. Por una desconocida que hace poco no era nada, lo sé y lo has dicho que he logrado colarme en tu mirada, en tu pensamiento y corazón, pero no podemos perder la razón. A veces el destino simplemente decide hacer jugadas y nos ha elegido para hacer una de ellas, una en la que uno de los tres debe de perder y he decidido ser yo.

No podría dormir tranquila pensando que por mi culpa a alguien le rompieron el corazón, no importa si al perderte pierdo la razón, aquella alegría que me trajiste, aquel aire embriagador, las risas, los besos, la pasión y ese loco amor. Yo he de cerrar nuevamente mi corazón, pero antes déjame decirte mi amor:

Si te he conocido a destiempo ha de ser por una razón, sin embargo te agradezco el haber descongelado mi corazón y si en otra vida te encuentro querré vivir el momento en que me recordaste que lo más bonito de una persona siempre está en el interior.

Autor: Stepha Salcas



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