Sé que son terapéuticos los momentos de soledad, sé que después de cada adiós hay que dejar el tiempo pasar y escuchar a la mente consiente que fue sometida y ensordecida por nuestro corazón galopante lleno de emociones, sé que toma tiempo sanar, y que es normal que después de un adiós exista tristeza, dolor y melancolía.

Lo que no es nada normal es dejarse sumergir por los recuerdos del pasado, dejar que los días pasen sin siquiera notarlo, ausentarse del presente para aferrarse a recuerdos que solamente nos hacen sufrir más, llorar un mar cada vez que miramos esas fotos de aquella persona, tener un deseo infundado de que las cosas se resuelvan y puedas volver a estar con él, dejar de comer, dejar de salir, dejar de arreglarnos, y sentirnos cada día más feas y miserables, como si en la medida en que sufrimos pudiéramos recuperar aquello que ya está en el pasado.

Hace falta mucha fuerza y ayuda para salir de ese círculo vicioso, que cada vez te sumerge más en el dolor y la tristeza, pero son esas personas, aquellas que más se resisten a confiar de nuevo, a amar de verdad, aquellas que son más complicadas… en el fondo son las que más necesitan sentirse amadas, tener un abrazo, un hombro en el cual recargarse, una persona que escuche sus problemas, sus tristezas, alguien que les brinde compañía y comprensión.

Desgraciadamente en ese momento no te das cuenta o simplemente no lo quieres aceptar, estas llena de desgracias en la cabeza y lo último que quieres es que alguien venga y te lastime más, lo último que necesitas es un nuevo clavo en el corazón, pero por dentro estas sedienta de una esperanza, de una razón para vivir, de algo que justifique seguir respirando, pero más aún de una nueva razón para suspirar de amor, y es curioso pero ese estado en el que te encuentras ahuyenta a la mayoría de las personas que solo querían pasar el rato, porque a ellas no les interesa complicarse para obtener lo que quieren, cuando las cosas se ponen difíciles se cansan y se van, y es como si fuera un filtro natural para ahuyentar a todos aquellos patanes que solo querían jugar contigo.

Me di cuenta que eras distinto, porque te mande al diablo mil veces y mil veces volviste, siempre con una sonrisa, siempre con una nueva ocurrencia tratando de hacerme reír, no sé si sabias de mi tristeza y de lo mucho que necesitaba esa sonrisa que hacías brotar de mis labios, o simplemente coincidió que así es tu personalidad, pero debo aceptar que después de haber insistido tanto, te ganaste una oportunidad, y al darte esa oportunidad también me di cuenta que la oportunidad me la daba a mí misma, una oportunidad de salir de esa eterna melancolía, de volver a vivir, de volver a amar.

Las personas que somos más difíciles de amar, somos las que más lo necesitamos, pero al mismo tiempo, somos las que más valemos la pena y las que sabemos entregarnos por completo una vez que nos han ganado el corazón.

Autor: Sunky



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