“A pesar de no haber comprado su amor, terminé pagándolo bien caro”.

Hubo una vez en que me enamoré.

Una vez en que perdí la cabeza por quien, contrariamente, me devolvió la cordura que me faltaba. Una vez en que me dejé caer en las redes de quien se atrevió a cuestionar mis convicciones con cada paso que daba hacia mí.

Por eso él entró sin llamar y, sobre todo, sin que le esperara. Se coló sigilosamente junto a aquel rayo de luz que le ganaba la batalla a cualquier sombra. Aquel rayo de luz que se reía de mí cada vez que se encontraba las ventanas cerradas y, sin embargo, la puerta de mi vida entreabierta. Un rayo de luz que venía con sorpresa, para burlarse de mí. 

Para mofarse de todos los muros que había ido construyendo por el camino. Para hacerme tropezar con todas mis seguridades y, sobre todo, para empujarme hacia mis miedos. Un rayo de luz con nombre que se ganó el pomo de mi puerta y, por supuesto, el rincón más custodiado de mi corazón.

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Aquel en el que solo entraba yo. Y en el mismo lugar donde había estado cuidando de mí, le invité a que pasara. Le expliqué que a su lado había descubierto la octava maravilla, la aguja del pajar y la excepción a toda regla.

Le conté que desde que su nombre formaba parte de mi vocabulario, ya no entendía una semana de mi vida sin motivos por los que pronunciarlo. Le convencí de que estaba convencida, y de que si él sí, yo también.

Y me enamoré. Me enamoré completamente. Dejé de llevar las riendas de mi vida porque aprendí a flotar. Porque él, con cada beso, despertaba mi sexto sentido y adormecía mi sentido común. Al abanico de colores, alguien, le había borrado todos los grises. Y a mi vida, él, le había traído otro color. Otro color.

Porque con qué nombre bautizar a lo que no lo tiene, cómo describir una sensación para la que una definición es insuficiente y cómo soportar, en definitiva, tanta felicidad. Cómo hacer caber aquella sonrisa en el fondo de mis ojos y, sabiéndola mía, no echarse a llorar. Y es que no solo me enamoré de él, sino que también me enamoré de mí.

Me enamoré de mi versión a su lado, de cómo ensalzaba mis virtudes y perdonaba mis defectos. Me enamoré de la omnipotencia con la que percibía cada rincón del mundo que muy lejos de pisar, sobrevolaba en alguno de sus abrazos. Me enamoré de las expectativas con las que ambos nos comprometimos y, sobre todo, me enamoré de todo aquello que, muy en el fondo de mí, sabía que nunca iba a suceder.

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Me enamoré de la esperanza. De los porcentajes insalvables a los que yo ponía flotador. Me enamoré de una permanencia imposible y, sin embargo, tan cercana. Me enamoré del “para toda la vida”, del “felices para siempre” y quizás, incluso, de un “sí, quiero”.

Me enamoré de todas aquellas cosas que se iban diluyendo con el tiempo, justo al mismo ritmo en el que mis comisuras dejaban de esforzarse por levantar el peso de una infelicidad acumulada. Porque a pesar de no haber comprado su amor, terminé pagándolo bien caro. Un amor por adelantado por el que tuve que sufrir después de usarlo.

Un amor sin garantías, pero con intereses. Un amor tan grande que, cuando reducido a cenizas, me hizo sentir tan pequeña.

Y es que a su lado, fui gigante.

Porque hubo una vez, en que me enamoré.

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Visto en La subasta de mi vida.



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