Es verdad que las personas no son de nuestra propiedad, que no nos pertenecen, pero algunos amores se entregan de tal forma que se dan por completo, sin reservas. Entonces podemos decir que esa persona fue nuestra, porque nos dio todo lo mejor de sí misma.

Así fue contigo. Simplemente te dejaste llevar, me abriste tus puertas y yo entré por completo. Me dedicaste tus mejores palabras, las más lindas, y compartimos momentos insuperables, sencillamente geniales.  ¡Fuiste mío!

Jamás podré olvidar aquella tarde en la que me dijiste que me entregabas tu corazón, que lo cuidara porque era frágil, que confiabas enteramente en mí para mimarlo y darle el cariño que necesitaba. Sencillamente te entregaste, y yo fui tu dueña, la dueña de tu corazón. ¡Fuiste mío!

Qué hermoso fue tener tu cuerpo sólo para mí, tus caricias exclusivamente para mi piel y tus brazos solamente para los míos. Cuántas experiencias inolvidables vivimos juntos, tomados de la mano, susurrándonos secretos al oído, diciéndonos lo especial que éramos el uno para el otro. Eras mi mundo y yo era el tuyo; no sólo nos complementábamos, sino que éramos uno sólo, un par de almas fusionadas en un mismo ser.

Me dedicaste tu tiempo y tu espacio. Me hablabas de ti con ilusión, mientras sostenías mi mano y te quedabas mirando fijamente mis ojos, y yo miraba los tuyos dándome cuenta de que estabas desnudando tu alma. Eso sólo tiene una explicación: ¡fuiste mío!

Siempre fui tu prioridad, te interesaba todo de mí: mis gustos, mis sueños, mis anhelos y hasta mis miedos. Me protegiste, jamás dejaste que nadie me hiciera daño, fui tu princesa y tú fuiste mi guerrero, fuerte y fiel.

Yo era el más importante de tus pensamientos, siempre estabas al pendiente de mí y siempre me sorprendías con bellos detalles. Yo fui la mujer a la que le dedicaste innumerables mensajes de texto: con un simple “hola, ¿cómo amaneciste?” me hacías el día y yo era la más dichosa de todas.

¿Te acuerdas cómo deslizabas tus dedos entre mi cabello, mientras me dirigías esa mirada tan tierna que me paralizaba? ¿Recuerdas cuando nos dejábamos de ver por unos días y al volver a encontrarnos nos besábamos tan fuerte, como si nos hubiéramos separado por mil años? No había duda de que me pertenecías: me lo decía tu sonrisa, me lo gritaba tu mirada.

Me regalaste tu presencia; siempre estuviste para mí cuando te necesitaba, sin que yo te lo pidiera. ¡Fuiste tan mío!

Tan mío fuiste que quizá sólo faltó ponerlo por escrito. Pero, si hablo en pasado, es porque dejaste de pertenecerme. Se terminó, pero a pesar de ello fue una fortuna haberte conocido, y siempre te recordaré sabiendo que:

¡Fuiste mío, solamente mío!



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