No, gracias,  ya almorcé, respondí desde la sala, a pesar de tener  conciencia de que sería inútil;  a pesar de que no había  comido nada en  las ultimas 24 horas.

Sabía que nadie salía sin comer de aquélla casa, cosa que se agradecía. A veces por el hambre; siempre por probar las delicias que brotaban de las manos de aquélla mujer.

Salió de la cocina  muy rápido, como si ya me  esperara, con un plato humeante y un vaso de agua (horchata, a juzgar por su color).

.-Anda, ven, siéntate.

Dócilmente caminé  hacia la mesa, tomé  la primera silla que encontré, sin caer en cuanta que era la del Señor, y empecé a comer como si fuera una desagradable obligación.

Escuchaba su cháchara como un zumbar de langosta.  Casi me atragantaba con cada bocado  de  aquélla cosa pastosa que  en otras circunstancias  habría sido bocado de Cardenal. Lo notó.  “Toma agua” me dijo con el  tono  de suegra  consentidora que me encantaba. Como siempre, le hice caso. Guanábana, me equivoqué. Llegó el Señor de la casa, apenas gruñó  un saludo, como censurando mi presencia,  y peor aun, que usurpara su lugar en la mesa, y desapareció.

Seguimos con nuestra cháchara. Imposible recordar de qué hablábamos. Volteó hacia donde yo miraba con insistencia, esperando que en cualquier momento bajara por aquélla escalera que recorrimos juntos tantas veces rogando a Dios que nadie saliera por un vaso de agua en  la medianoche  estival;  que nadie oyera nuestros pasos en las frías noches de invierno; que nos dejaran amarnos hasta  lo indecible; que la madrugada cómplice me permitiera escabullirme  sin crujidos.

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.- No está.  Me dijo con un tono lastimero.  Como dándome la queja, como disculpándose.

.- Se fue a la playa desde el jueves.  Ya le dije que no me gusta ese muchacho, pero qué puedo yo hacer.

Entonces, y sólo entonces, comprendí que aquél había sido un adiós para siempre.

Por: Jaime Guerrero Cancino



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