Las emociones son como visitantes en una casa; a veces son visitas agradables, otras veces no son tan agradables; a veces se trata de visitas totalmente inesperadas e incluso sorprendentes, mientras que en otras ocasiones los estabas esperando. No obstante, todas estas visitas tienen algo en común: son temporales. Las visitas, por definición, nunca permanecen sino que siempre se acaban marchando.

Exactamente lo mismo sucede con las emociones: son visitantes en tu mente que vienen y van, pero jamás se quedan para siempre, al igual que ocurre con los pensamientos.

Tener esto presente es muy importante cuando estás sintiendo emociones muy desagradables e intensas pues, a menudo, nosotros mismos hacemos que estas vivistas desagradables se queden más tiempo del necesario porque nos empeñamos en luchar contra ellas. Siguiendo el ejemplo de las visitas, imagina que llega una persona indeseada y empiezas a discutir con ella y a enumerarle todos los motivos por los que no debería aparecer en tu casa de forma inesperada.

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Al final, lo único que consigues es que la visita esté ahí mucho más tiempo del que desearías, debido a que la discusión no se acaba nunca, y además te vas sintiendo cada vez peor, cuando podrías haberte limitado a abrir la puerta, escuchar lo que el visitante ha venido a decirte y luego despedirte y seguir con lo que estabas haciendo.

A veces, con las emociones actuamos del mismo modo que con esta visita indeseada. Nos empeñamos en “discutir” con ellas. No solo deseas que se vayan, sino que te empeñas en que no deberían haber aparecido nunca, que no deberías sentirte así, que es demasiado doloroso, que no puedes soportarlo. Además, puede que hagas lo mismo con tus pensamientos (las emociones casi nunca vienen solas), y empieces a dar vueltas a un determinado tema, a criticarte o culparte, a culpar a otros y enfadarte con ellos.

Entonces sientes ira, o culpa, o ansiedad o tristeza, y te sientes mal por sentirte mal y luchas contra esa emoción, y aparecen más pensamientos, y te enredas en ellos y en tus emociones, te dominan, te invaden y te sientes cada vez peor… Tus visitantes se han apoderado de ti por completo.

Abrir la puerta a las emociones.

Podemos aprender mucho de las emociones si las invitamos a pasar cada vez que llamen a nuestra puerta y las escuchamos. Y podemos ganar mucha paz mental si aprendemos a acompañarlas a la puerta y dejar que se marchen tras haberlas escuchado.

Pero nada aprendemos de ellas cuando tratamos de luchar contra ellas o hacer como si no existieran, además del tremendo esfuerzo que supone esta lucha constante contra unos visitantes que van a seguir llamando a tu puerta sin cesar pidiendo a gritos que les escuches.

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El modo que tiene una persona de relacionarse con sus emociones se aprende en la infancia. Alrededor de los 4 años ya hemos aprendido a recibir y aceptar ciertas emociones como miedo o ira, o bien hemos aprendido a evitar y tratar de ignorar las emociones que no queremos sentir. Los niños aprenden según cómo respondan ante sus emociones las personas más cercanas a ellos.

Por ejemplo, los demás pueden reírse cuando llora, o pueden amenazarle con pegarle, o pueden burlarse cuando ven que tiene miedo. Así, los niños pueden aprender a evitar las emociones, considerarlas peligrosas o pensar que está mal sentirlas.

Al aprenderse tan pronto, se acaban convirtiendo en reacciones automáticas, que surgen sin apenas dando cuenta.

Las emociones son muy importantes porque nos ayudan a relacionarnos con los demás, a evitar ciertas cosas o personas o acercarnos a otras. Si no puedes sentir tus emociones y manejarlas adecuadamente, no podrás moverte fácilmente por el complicado mundo de las relaciones interpersonales.

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Por: Ana Muñoz.



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