Estoy enamorada de una persona; la amo tanto que quisiera estar todo el tiempo a su lado. Sin embargo, sé que no es la persona que me conviene. Él no es el indicado. Pero aún así no puedo evitar quererlo, aunque sé que él es una persona diferente a la que creí que era cuando lo conocí. Su manera de amar, su forma de demostrarlo, su comportamiento, sus emociones, sus intereses no eran lo que yo esperaba. Simplemente es una persona que tiene un punto de vista y una cosmovisión muy distinta a la mía.

Las cosas no siempre funcionan como queremos.

En verdad quise que con él funcionara. Juro que traté de adaptarme a sus inconsistencias, a su rara forma de ser, a la intensa pasión con la que comenzaba un proyecto nuevo que luego de 5 minutos abandonaba porque ya no encontraba la motivación suficiente para seguir adelante.

De verdad me esforcé por que nuestras distintas (y quizá hasta opuestas) formas de amar se reconciliaran y pudieran fusionarse en un único y gran amor. Hice lo posible por mantener la paciencia, por comprenderlo, por no hacerle un drama cada vez que salía con sus malas actitudes, por no contagiarme de su negatividad por el hecho de que cada vez sonriera menos.

Toleré y quise comprender que no le emocionaran las mismas cosas que a mí, que no le gustara ni siquiera sentarse a ver una película a mi lado, que no supiera contemplar el lado romántico de despertar juntos un domingo mientras un rayo de sol se colaba por la ventana.

Intenté acostumbrarme a su carácter seco y a su personalidad fría, porque así era él y porque en el fondo me decía a mí misma que todos merecemos ser amados por quienes somos.

Es verdad, todos merecemos ser amados, pero, ¿y qué hay de mí? Yo también merecía ser amada y no estaba recibiendo nada más que indiferencia. Yo merecía alguien que me cuidara, que me procurara, que me tratara con cariño, que se emocionara cada vez que me viera llegar, que estuviera orgulloso de tenerme a su lado y que no temiera demostrarlo.

Creo que fui demasiado optimista y por eso forcé las cosas. Creí que lo nuestro iba a funcionar, y por eso toleré y soporté más de lo que debería. Ahora he aprendido que, para que un amor funcione, depende de ambas partes, pues por más esfuerzo que uno de los dos ponga, si el otro falla, el amor no fructifica.

Todos merecemos a alguien que sea capaz de poner el mismo entusiasmo y esfuerzo en construir una relación sólida, con un gran amor de por medio.

Para que una pareja sea feliz, no basta con que uno cumpla, es necesario, siempre, que ambos se comprometan.

 

Autor intelectual: Carolina Maier



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