No permitas que tus heridas te conviertan en algo que no eres.

Siempre nos dicen por ahí: “¡No te preocupes, todo pasa!”, pero esto no siempre es tan cierto. Más bien diría que todo se aligera, que con el tiempo se aprende a soportar viejos dolores y algunos pesos. Qué el tiempo esconde y deja descansar algunas heridas. No todo pasa completamente y mucho menos lo que nos ha herido profundamente, de modo claro y decidido. Siempre lo recordaremos y será parte de nosotros, incluso cuando eso sea definitivamente parte del pasado.

Todos hemos recibido golpes en nuestra vida, algunos de estos golpes pasan desapercibidos, no dejan huella, no sangran; pero hay heridas contundentes que lastiman hasta el alma, y cuando el alma duele, es muy difícil sanar esa herida y que las cosas vuelvan a ser como antes. Muchas veces, el proceso de sanación suele doler más que la herida misma.

Cuando el proceso es bueno, las cicatrices ya no duelen y con el tiempo se mimetizan con el resto de la piel y casi no se notan, pero están ahí. Y lo estarán por siempre, porque las heridas profundas no se olvidan, simplemente se superan.

Cuando digo que hay heridas que nos lastiman profundamente y nos dejan cicatrices en el alma, me refiero a que en el alma radica la mente, la voluntad, las emociones, el intelecto y el entendimiento y al recordar aquellos momentos en los que algunas de estas áreas se vieron afectadas, lo recordamos con mucho dolor.

La realidad es que vivimos en un mundo imperfecto y las personas siempre, consciente o inconscientemente, nos van a lastimar. Ya sea al confiar, al creer o al entregar el corazón a la persona equivocada. Y son esas heridas las que marcan de manera tan profunda nuestra vida que dejan una cicatriz. Y después de estos momentos, es que raramente, si no es que nunca, volvemos a ser los mismos.

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¿Qué vas a hacer con tus cicatrices? ¿Vivirás toda tu vida lamentando que las tienes, preguntándote por qué te sucedió aquello a ti? Aunque si bien es cierto que las cicatrices son imborrables y siempre estarán allí, puedes comenzar un proceso de sanación para que ya no duelan tanto, para que ya no se infecten más.

Claro que hay cicatrices que duelen, que arden, que queman… Y que en el momento más inesperado, pueden ser removidas por los recuerdos y fácilmente volver a sangrar. Pero en el fondo de todo esto, aunque no lo creas, hay algo hermoso: el dolor también tiene su belleza oculta, porque gracias a él, uno aprende a exigir, a tocar puertas, a abrir caminos de entendimiento y ver de qué forma tan estúpida hemos actuado, por qué nos seguimos aferrando a algo o a alguien que nos hace tanto daño en la vida.

Aunque claro, para llegar a ese punto, se requiere de una inspección interna de nosotros mismos, de amor propio, de autoestima, de voluntad y perseverancia, ya que llevar cicatrices en el alma, es darnos cuenta que ya hemos vivido uno, o dos o más golpes muy fuertes que nos han dejado marcas y grietas muy profundas que siempre serán un riesgo para volver a sufrir por las mismas causas o los mismos errores, mientras no tomemos la decisión de darle vuelta a lo hoja del libro de nuestra vida.

La única certeza es que la vida es como una montaña rusa y difícilmente sabremos qué o quién nos causará un nuevo dolor, una nueva herida en el alma. Pero no podemos dejar que el temor a sufrir nos paralice, tenemos que vivir al máximo cada oportunidad que se nos presente.

Sin estas pruebas que nos pone la vida seríamos incapaces de descubrir lo fuerte que somos y no aprenderíamos de los errores que cometemos. Después de todo, las malas experiencias son de las que más nos enseñan. Si alguien te traiciona o te hiere, dale las gracias por la lección, perdónalo y para la próxima, ten más cuidado de a quién le abres tu corazón..

Estamos hechos de cicatrices, y depende de nosotros evitar que no duelan o dejarlas sangrar. Ellas son como trofeos de batallas, de alguna manera hermosas, porque nos muestran por lo que hemos pasado y lo fuertes que somos por haberlo superado.

Autor: Karla Galleta.



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