A veces llega el momento de irse, no porque uno lo desee, sino porque ya no tiene caso seguir ahí. A veces lo mejor es cortar por lo sano y decir adiós. A veces, lo mejor es conservar la dignidad y marcharse. A veces, lo mejor es irse no porque las cosas estén difíciles, sino porque no es tu trabajo volverlas más sencillas.

A veces hay que despedirse, llevarse lo bueno como aprendizaje y desechar las malas experiencias en la caja del olvido. A veces hay que despedirse porque la vida se nos va de las manos y no es prudente desperdiciarla al lado de alguien que no nos conviene. A veces hay que despedirse porque al hacerlo uno puede progresar y desarrollarse, porque permanecer en donde mismo implicaría seguir estancado, atrofiándose las piernas. A veces hay que despedirse y permitirse vivir el duelo de la separación, derramar algunas lágrimas y dejar que con ellas se vaya el apego que teníamos a un amor que definitivamente no nos convenía. A veces hay que despedirse para sanar.

A veces, lo mejor es cortar todo de tajo, irse corriendo y no mirar atrás. A veces hay que irse con la promesa de nunca más volver con alguien que no es capaz de entregarse a ti.

A veces lo más prudente es terminar con ese amor trágico y buscar la felicidad en otro lado.

A veces hay que probar otros labios, otros brazos, otras caricias y otros halagos para darse cuenta que estábamos viviendo con la persona equivocada.

A veces es mejor marcharse que quedarse con un amor que lo único que sabe es hacernos mucho daño.  

 

Autor intelectual: Pamela Gómez



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