Y de repente llegué al punto de no querer saber nada del amor. Había vivido decepción tras decepción, que no deseaba abrir de nuevo las puertas de mi corazón. Elegí entablar una sólida relación con mi libertad y con mi soledad. No tenía la intención de andar buscando por ahí a alguien más. Simplemente deseaba encontrar paz y que mi mundo se volviera a estabilizar. Mucho tiempo permití que éste se tambaleara pero ¡ya no más!

Y un día de la nada en un lugar en el que no debiese estar… estabas tú. Tú y tu forma tan irónica de ser, el galán de telenovela que cualquiera y para mi desdicha inclusive yo, desearía tener. Apareciste ahí, justo enfrente de mí, con esa sonrisa tan coqueta y la mirada desafiante, con esa personalidad y carácter que seducían inclusive a la que no tenía la intención de volver a caer en juegos delirantes.

Efectivamente ese mismo día todos mis muros cayeron ante mis pies, las cadenas se rompieron y mi corazón se descongeló. Tenías magia en la mirada, magia que hechizaba y así, caí sin objeción ante tus encantos, convencida de que una vez que decidiese entrar a tu mundo no habría marcha atrás.

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Todo lo que había planeado se desmoronó, todo lo que no había deseado ahora lo anhelaba con todo mi corazón. La fuerza de atracción podía más que yo y mi voz interior me exigía a gritos tratar de entrar en tu corazón.

Y como una adolescente me tenías averiguando todo sobre ti. Una parte de mí se resistía y continuaba con tontas y absurdas barreras, pero la otra persistía y aunque temerosa no deseaba bajar la guardia en mis objetivos.

Cada día mi entusiasmo e interés me desquiciaban más. Si estabas cerca mi seguridad perdía fuerza y mi nerviosismo delataba todo lo que sentía por ti. Llegué al punto de querer huir pues tu forma de ser tan retadora y altanera parecía no ceder. Y una vez más la cobarde huía del amor pero inesperadamente tus manos me detuvieron, te pusiste tan cerca de mí que fue imposible no decir sí, sí a todo lo que me hacías sentir.

Y entonces fue que comprendí que no importa cuánto te resistas al amor, este simplemente llega y por más que lo reprimas tarde o temprano explota como una bomba y entonces aquella mirada encantadora me llevó justo hacia donde quería. Si tenía que pasar o no, fue algo que no pensé, ni siquiera me dio tiempo de hacerlo. Olvidé mi pasado en sus brazos. Volví a ser una niña con toda la ilusión de volverme a enamorar.

Bastaron tus brazos rodeando mi cintura, bastó tu aliento soplando en mi nuca, bastaron tus besos por mis mejillas y tus manos que poco a poco me seducían. En ese momento no quise pensar, si estaba bien o mal ya daba igual. Caí rendida por tus encantos. Convencida por tu sonrisa, por tus caricias, tu aroma, tu piel, tu voz, tu lengua recorriéndome cada rincón… me convenciste tú y así, dos cuerpos se fundían en uno sólo, la que no quería saber nada del amor, terminó perdida en tu habitación.

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Sobraba tanto espacio en tu colchón, el aire parecía no abastecer y la mejor melodía que no había escuchado jamás fue la de tu respiración entrecortada, los gemidos que intentaste sofocar con la almohada y entonces con esa noche y ese entrega total, sucedió lo que no tenía que pasar… me enamoré.

La que nunca había sido de encuentros casuales, de amores pasajeros o de una sola noche, cayó en los brazos del hombre menos esperado, pero he de confesar que volvería a tropezar, todo con tal de sentir lo que con nadie más logré, todo con tal de fundirme de nueva cuenta en tu piel. Y si el no pensar en las consecuencias de mis actos ha estado mal, acepto cualquier castigo y es que dicen por ahí que ¨hay pecados que merecen ser repetidos¨.

El infierno puede ser más divertido, si estas con el demonio correcto.

Autor: Stepha Salcas



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