Definitivamente has marcado mi vida para bien, porque antes de ti yo me encontraba aislada, perdida en medio del mar de la desolación, desconfiando de todo el mundo, pero viniste y renovaste mi corazón, me hiciste volver a confiar en el amor. Quiero contarte que, antes de que llegaras, estuve con una persona que me hizo mucho daño. Yo se lo di todo, mi primer amor, mi primera vez, mi primera ilusión, pero él simplemente me traicionó a la primera oportunidad. Llegó el día en que, con todo y mi honda tristeza, se marchó con otra, dejándome completamente vacía.

A partir de ahí todo comenzó a derrumbarse en mi mundo. Padecí un tiempo de anorexia nerviosa. Ya casi no asistía a la universidad por miedo a encontrármelo y volver a sentir ese dolor de no poder acercármele y saludarlo, besarlo y abrazarlo como siempre. Como vivía sola en un departamento, en casa nunca había nadie con quién compartir mi penar; ya no estaba mi madre, quien era mi mayor confidente, ni mi padre, que con un simple abrazo cálido podía hacerme sentir bien. Creo que ni siquiera mis amigas se enteraron de mi dolor, y es que yo sabía muy bien cómo aparentar tranquilidad y alegría, aunque por dentro me estuviera consumiendo la tristeza.

A pesar de todo mi llanto, de mis gritos solitarios, nunca fui a buscarlo. Sabía que lo mejor que me pudo haber pasado fue su abandono. Y como no hay mal que dure cien años, pronto comencé a sentirme mejor. Me llevó casi un año recuperarme, pero sucedió al fin: mis calificaciones mejoraron, era más frecuente que sonriera de manera natural, ya me daban ganas de salir con mis amigas y conocí a muchas personas nuevas. Él volvió a buscarme y quiso pedirme perdón; yo lo perdoné, pero le dije que entre él y yo ya no había nada, que lo nuestro era cosa superada. Y así era. Y un buen día, cuando al fin me volvía a sentir plena y dichosa, te encontré, y viniste a llenar mi mundo de alegría renovada. Al inicio, no lo niego, sentí un poco de desconfianza, pero contigo aprendí a tirar esa barrera.

Y ahí estaba yo, contigo, con una sonrisa de oreja a oreja, feliz y muy agradecida. Agradecida por haberte encontrado, por despertar en las mañanas abrazada de ti, por tus “buenos días” llenos de cariño. Me sentía la mujer más dichosa del mundo cada que tus ojos se iluminaban al verme, me sentía deseada cada que tus besos ganosos en la espalda me decían que querías hacer el amor. Actividades tan cotidianas como preparar café se volvían tan lindas sólo por el hecho de beberlo contigo. Al irte conociendo, comencé a admirar tu pasión por la vida, tu amor por el arte y la música, tu sensibilidad, tu valor cuando era requerido, tu hombría en la cama y fuera de ella, tu amabilidad y cortesía con tu familia y tus amigos. En fin, no sé si fueron los kilómetros que nos separaban, el hecho de que tú te hubieras abierto más que yo en cuanto a nuestro pasado o si simplemente nuestra relación era tan perfecta que no estaba destinada a durar en este mundo imperfecto. Lo cierto es que finalizó, nos dijimos adiós, y, aunque nos fuimos aún queriéndonos, comprendimos que era inevitable. La verdad es que aún te extraño, pero aprendí a no depender de nadie más para estar de pie y heme aquí, fuerte como roca, aunque eso sí, recordándote con algo de nostalgia. Fuiste como una estrella fugaz que iluminó mi vida por un breve pero intenso momento, tan intenso que se nos antojaba eterno. Ahora sólo me queda darte las gracias, porque me hiciste volver a creer en el amor. Si algún día vuelves por acá, sabes dónde encontrarme. No te prometo que será lo mismo, pero me dará mucho gusto saludar a aquel que vino y me enseño que es posible sanar las heridas y volver a confiar en una misma.

Autor intelectual: Cristina Toble



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