Tú siempre fuiste mi héroe, y bajo tu cuidado yo creía que nada malo podría pasarme, así que mucho menos me imaginé que a ti, mi protector, te fuera a pasar algo. Desde que era niña te vi como alguien invencible, por eso perderte fue muy duro, ya que pensé que siempre estarías aquí. Te fuiste demasiado pronto, y no tuve una nueva oportunidad de decirte cuánto te amo, es por eso que ahora te dedico estas palabras.

Tu ausencia es la más grande dificultad que he enfrentado. La casa se siente tan vacía sin ti, que a veces no puedo evitar que se me escape una lágrima, recordando cuando te sentabas en el sillón a ver la televisión, cuando comíamos juntos en la mesa o cuando, en tu cumpleaños, te cantábamos las mañanitas, y tú contento le soplabas a las velitas del pastel.

Me he tenido que acostumbrar a la idea de que ya no estarás en los momentos más importantes de mi vida, que no presenciarás mi boda ni me llevarás del brazo al altar, que no podré invitarte a comer a mi nueva casa y que no conocerás a los hijos que pienso tener.

Yo sé que tú no hubieras querido que esté triste por tu partida, así que te recordaré como tú lo hubieras deseado, con alegría, sabiendo que fui muy afortunada porque tuve al mejor papá de todos, aunque solo fuera por un corto tiempo. Siempre valoraré tus enseñanzas, porque contigo aprendí el valor de la familia, de estar juntos en las buenas y en las malas, de estar orgullosa de mis raíces y de siempre mirar con la frente en alto, hacia delante, sin rendirme ante la adversidad.

¿Te digo algo, papá? Aunque no puedo verte, te siento siempre presente en mi vida. De alguna manera creo que estás aquí, que me escuchas en las noches cuando te digo que te amo o cuando te pido un consejo, de esos que me solías dar con todo tu cariño cuando tenía algún problema. Te siento conmigo cuando salgo de casa, cuando comemos en familia, cuando platico con mamá o cuando juego con mis hermanos.

Todos los recuerdos que tengo contigo son como un maravilloso tesoro que guardaré por siempre en mi corazón. Todas esas pláticas, algunas sobre trivialidades y otras muy profundas, aquellos debates en los que no nos podíamos poner de acuerdo sobre política, religión o filosofía, aquella vez que lloré en tus brazos porque alguien me decepcionó; las vacaciones, las reuniones con la familia, las excursiones que a mí me parecían toda una aventura… todo eso lo atesoraré por siempre y nunca lo olvidaré.

Por último, sólo quiero decirte GRACIAS. Gracias por ser el mejor papá del mundo, gracias por cuidarme, por darme un techo, por alimentarme, por tus consejos, por tus abrazos, por los regaños (que ahora comprendo eran por mi bien), por creer en mí cuando nadie más lo hacía y por dedicarme tu tiempo aún cuando estuvieras cansado o hubieras tenido un mal día. Sé que pensabas que yo iba a ser alguien en la vida, y voy a luchar para que así sea, pues quiero que te sientas muy orgulloso de mí.

Dice el dicho que las personas no mueren mientras las llevemos en nuestros pensamientos y en nuestro corazón, y ahí estás tú, todos los días, alegrándome la vida.

Te amo y siempre te amaré, estés en donde estés. Gracias por todo, papá.



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