Papá, querido papá:

Quiero que sepas que pienso mucho en ti y que seguido me pregunto qué pasaría ahora si no te hubieras ido nunca. ¿Sabes? He encontrado mi pasión. Es el arte. Así que seguramente te llevaría a museos, iríamos a ver muchas galerías, obras de teatro, presentaciones de libros. Me gustaría que estuvieras aquí, no lo niego. Quisiera adivinar cómo es tu sonrisa, cómo son tus ojos cuando se ponen tristes o cómo frunces el ceño cuando estás enojado. Te tomaría muchas fotografías, porque por fin tengo una cámara, como siempre quise, desde niña.

Me gustaría tomarte del brazo, apoyar mi cabeza sobre tu hombro e irnos por ahí, a recorrer las calles de la ciudad. Ser, a tu lado, la niña que nunca quiere crecer. Pero, aun así, tus ojos me mirarían con orgullo y con nostalgia a la vez, al ver cómo he dejado de ser una niña y me he convertido en una mujer. Me dirías que soy hermosa y yo me sentiría halagada, y me preguntarías si soy feliz y yo te diría que sí, porque me he realizado como persona y porque tú estás a mi lado para verlo.

Pero te fuiste. Y aunque siempre traté de hacerme la fuerte, diciéndome que no me afectaba tu partida, la verdad es que terminaste por dejarme una cicatriz demasiado grande y un vacío que he estado tratando de llenar con muchas cosas a lo largo de mi vida. Porque verás, papá, si te hubieras quedado, si nos hubieras elegido a nosotros en vez de esa otra familia, hubieras tenido tiempo para decirme lo linda y especial que era cuando más lo necesitaba, y no hubiera tenido que lidiar con todo el manojo de inseguridades que enfrenté en su momento. Si me hubieras dicho lo valiosa que yo era, tal vez nunca dudaría de mis capacidades ni de mi inteligencia, y confiaría completamente en mí misma.

Si no te hubieras ido, probablemente me hubieras ayudado a no tener miedo al éxito.

Si no te hubieras ido, me habrías recordado siempre que mis virtudes son más importantes que mis defectos.

Si no te hubieras ido, no tendría tantas dudas y flaquezas que de vez en cuando me impiden avanzar.

Pero te fuiste, papá, y ahora tengo que lidiar con todos esos problemas. No digo que mis broncas actuales sean tu culpa ni tu responsabilidad, pero al menos pudiste haber ayudado a hacer la carga un poco más ligera.

¿Sabes? Conforme me fui interesando en tener una relación de pareja, comencé a tener miedo a que me traicionaran, así como tú nos traicionaste. Y actualmente tengo un miedo terrible de formar una familia, porque temo que, así como tú nos abandonaste, me abandonen también. Tengo serios problemas en mis relaciones con los hombres. Ninguna chica debería pasar por esto.

Sin embargo, hay algo que te agradezco. Gracias a que te fuiste, pude ver lo fuerte que es mamá y el gran amor que nos tiene y que nos tuvo en los momentos más difíciles. Si tuviera que volver a elegir, la elegiría a ella, solamente a ella. Ella hizo todo lo posible por demostrarme que yo valía mucho y por ayudarme a superar todas mis inseguridades. Claro, faltaste tú, siempre faltaste tú, pero ella fue sorprendentemente fuerte y aún con todo lo que tenía qué hacer se daba el tiempo para darme fuerzas cuando yo lo requería.

Ella me demostró que dentro de cada uno hay una fortaleza que surge cuando más se necesita, y si ahora estoy de pie, es gracias a mi madre, pues plantó una semilla en mí que ha crecido y que sé que pronto me ayudará a superar todos los miedos y las inseguridades que me ha dejado tu ausencia.

Sólo quiero decirte, papá, que seas para tu otra familia el hombre que yo necesité en mi vida. Haz que tus hijos te agradezcan todo lo que yo quisiera agradecerte pero no puedo, porque no estuviste aquí.

Me trajiste al mundo y fue lo único que me diste, que fue mucho. Pero no puedo agradecerte más. Espero que estés bien, papá; después de todo, te aprecio por lo que pudiste ser.

Te mando un abrazo:

Tu hija.

 

Autor intelectual: Sabrina del Castillo



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