Ella sabía que se iba a estrellar… y aceleraba más

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No me sentía triste ni feliz, creo que simplemente ya no sentía nada y eso es verdaderamente peligroso.
Al inicio, las pequeñas cosas, los problemas fáciles que a simple vista de los demás tienen solución, para mi comenzaron a dejar de tener importancia. Poco a poco me desprendía de ello y comenzaba a ignorar, simplemente ignorar.
Mi cabeza tenía todos los cables revueltos pero pensaba: ¡esto es temporal, sólo es un mal día, no una mala vida! Sin embargo, no podía deshacerme de ese estado mental, no podía dejar de sentir lo mismo todos los días y repetirme la misma basura aunque comenzaba a darme cuenta de que me mentía.
Sin poder salir librada de mis telarañas y mis lagunas mentales que cada vez eran más desquiciantes, comencé a usar una máscara, si, una que pudiese mostrarle al mundo por aquello de que cuando la gente te ve mal, te suele dar el tiro de gracia pero yo prefería pasar desapercibida, tal vez más que nada por encajar.
Finalmente me acostumbré a esa máscara y no sé si los demás también usan una, sólo sé que en mi se volvió rutina porque ¨estar bien¨ está dentro de los estatus de una persona denominada ¨normal¨ aunque era claro que yo no era como todos.


A pesar de todo continuaba, todos lo hacen pero mis problemas también lo hacían.
Por días la máscara me incomodaba, me esforzaba tanto que terminaba sumamente agotada, agotada de actuar, agotada de fingir.
Y sin darme cuenta me fui hundiendo más de la cuenta, comencé a alejarme de todo y de todos.
Me hundía en mi propia miseria cada vez más y las satisfacciones, las emociones y toda acción que tuviera una reacción iban desapareciendo.
Lo que antes me hacía feliz ya no estaba más, ni siquiera podía recordar la última vez que había sonreído real y francamente.
En el pecho sentía un dolor terrible y no podía explicarlo. Sabía que no necesitaba doctor, el dolor provenía desde muy adentro, desde muy lejos, desde muchos años atrás, hasta lo más mínimo me provocaba dolor. Era algo que yo ya no podía controlar.


Así que si nada me motivaba más ¿qué caso tenía seguir? era como un círculo vicioso del que no podía escapar y entonces comenzaba a ver mi vida pasar pero en cámara lenta.
Cada día era tan igual, no distinguía un lunes de un sábado, el cielo, las personas, el paisaje y todo escenario se tornó de negro, me comenzó a ser imposible distinguir colores.
Me pesaba el cuerpo, la mente, el alma y el corazón.

Aunque no entendía nada, de algo estaba segura; nunca más volvería a sentirme feliz.
Había roto con todas las personas que me querían, había destruido cada relación y cada vez solía alejarme más.
En mi interior se encontraban dos personas, una que quería solucionar las cosas, pedir disculpas y reconstruirse pero mi otro yo no me lo permitía, volvía a estropear todo apenas lo intentaba.
Ves a las personas de tu edad y nada de lo que ellos hacen o tienen, te motivan. Me pregunto ¿por qué estoy tan mal? ¿por qué soy tan diferente? ¿por qué no logro deshacerme de este estado mental?

Y siento que ya no puedo fracasar más, que tanto dolor ya me resulta insoportable así que me alejo, me voy a donde esté tan lejos de todo mundo que por fin la seguridad pueda hacerse presente en mi vida.
Estoy decepcionada de mi misma, no tengo autoestima, no tengo ganas, no tengo aspiraciones ni expectativas. Ya no hay nada, ni siquiera un propósito por el cual continuar. Y cuando dices ¡ya no más! porque te das cuenta de que es imposible seguir así, suceden dos cosas: aparcas el coche, reflexionas sobre tu vida y tomas las riendas de esta o, pisas el acelerador hasta caer al precipicio, ¡total! ¿Qué sentido tenía tu vida?

Es tan fácil señalar y juzgar pero la depresión es un estado mental del que difícilmente se sale, no sólo depende de uno sino también de todos los que están alrededor de la persona en dicho estado. Brinda tu hombro y tu apoyo a quien lo necesite.

Saber escuchar y regalar un abrazo o una sonrisa no te quita, ¡salva una vida!

Autor: Stepha Salcas  (Diario De Una Bipolar)

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