Papá, ¡gracias por abandonarnos a mamá y a mí!

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Si no fuera por ti, hoy creyera en los cuentos de princesas que son rescatadas por un príncipe azul, pero entonces no hubiese aprendido a ser la heroína de mi propia historia.

No sé cómo llamarte pues la palabra ¨padre¨ queda demasiado grande para alguien que huyó de su responsabilidad y sin más, decidió que no quería conocerme ni hacerse cargo de mí.

Creo fielmente en la frase: ¨padre no es el que engendra sino el que cría, el que cuida, educa y ama¨, así que con ello no puedo más que deducir que tristemente no somos nada.

Aunque no lo creas, esperé o esperamos tu regreso mucho tiempo, día y noche le preguntaba a mamá por ti, no, no te preocupes que ella nunca habló mal de ti, aun cuando tenía todas las armas y los argumentos para hacerlo, no fue así, ella solo me dijo la verdad y me preparó para afrontar la realidad… que nunca habrías de regresar.

Me pregunté una y mil noches ¿por qué? porque me habías abandonado, porque a mis compañeritas del colegio si las esperaba a la hora de salida su papá, porque ellas si tenían un beso por parte de él antes de dormir, porque tenían con quien jugar o con quién sentirse protegidas, porque ellas si y yo no ¿por qué? ¿qué era eso tan malo que había hecho como para no merecer tener un padre a mi lado?, porque no me habías querido y porque me despreciabas tanto ¿por qué?

 

Fueron interrogantes que nunca pudiste responder pero con el pasar de los años yo encontré una respuesta: tú no te merecías una hija, mucho menos una como yo.

Y es que yo te esperé un sinfín de noches con la luz de mi lámpara encendida, tuve la esperanza de que algún día entraras por la puerta, besaras mi frente o me leyeras un cuento. Un sinfín de días esperé ansiosa tu llegada al colegio pero ¡oh, decepción! Jamás fue así. Muchos cumpleaños pedí el mismo deseo: tener un padre, tenerte a ti de vuelta conmigo. Muchos días anhelé contigo algún juego, llenarte de besos o dar en bici un paseo. Al final me resigné y todo el amor que tenía para ti, se lo di a una gran mujer que supo ser padre y madre a la vez.

Mirar día a día sus esfuerzos, como quería llenar los vacíos que tú me dejaste, como a pesar de tener mil ocupaciones en el día con tal de sacarme adelante siempre buscaba los espacios para dedicarme tiempo, como con su paciencia y amor me enseñaba, me ayudaba y me educaba, como había hecho su vida a un lado solo por entregarme lo mejor, hicieron que ya no necesitara más de ti ni deseara tu regreso.

No solo te perdiste de tener una hija que tenía mucho amor para darte, también te perdiste de una gran mujer que te amaba con todo su corazón porque, aunque ella conmigo no lo admitió, sé que te amó por mucho tiempo después de tu abandono.

Por muchas noches escuché su llanto y yo no lo entendía, al principio creía que quizás estaba enferma y si, si lo estaba, enferma del alma y del corazón con tu adiós. Pero esa mujer a la que destruiste supo renacer de las cenizas por su hija, se volvió más fuerte e indestructible y así me convirtió en lo que soy hoy.

Ella no me construyó castillos en el aire que tarde o temprano se esfumarían, ella me enseñó a ser una guerrera, una mujer valiente pero con un gran corazón en el cual no cabe el odio ni el rencor. Por ello, hoy, desde el fondo de mi corazón, te digo con toda sinceridad que te ofrezco mi perdón. No sé si lo necesites en este momento pero sé que algún día lo harás, porque la vida tarde o temprano cobra factura por nuestras acciones y las tuyas, a lo que a nosotras respecta, no fueron las mejores.

No supiste ser un padre y no espero tu arrepentimiento de ello, al contrario, te agradezco haber dejado solo para mí a una gran mujer que supo llenar perfectamente tu lugar: mi mamá, una mujer a la que nunca te mereciste y que te dio una hija que jamás tampoco merecerás.

Autor: Stepha Salcas   (Diario De Una Bipolar)

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