Siempre supiste ver lo bonito de amar, aun sin ser amada

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La quisiste, quizás nunca como ella a ti, o quizás nunca ella como tú ¿qué más da? No importa quién escaló balcones, y ya tampoco importa quién dormía y esperaba con la ventana abierta. Fue la forma más pura de querer, la que nadie aprobaba, la que no marcaba pasos ni tiempos, la que se movía al vaivén de latidos a destiempo, al compás de una obra aun sin componer. Y fue preciosa mientras sonaba, la más gloriosa de las batallas cada noche en la que todos triunfaban y siempre se celebraba, se oían risas en el más profundo de los silencios y ella te enseñó a quererla como nunca antes lo hiciste, dándolo todo y regalando nada, recibiendo el brillo de quien libre vuela y vuelve.

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Ella era de ida y vuelta, preciosa en cada viaje y perfecta en cada despedida. Subir a un tren sin rumbo, de los que te enseñan a apreciar cada rincón del mundo, una parada larga o un cigarro corto en el andén. Era la droga perfecta a la que nunca engancharte.

Pero al fin…una luz que se apaga y te deja a ciegas en ese hogar que te era tan familiar, donde ya todo está en otro lugar. Un viaje del que nadie vuelve, el miedo de no volver a brillar. El turbio destino de que te atrape a quien tú siempre dejaste ir, a quién quisiste libre y quien forjó tu libertad. Cuando todo da vueltas y tus ya no guías, cuando alguien coge el timón de una vida en la que antes marcabais destino juntas. Correr en el sitio, gritar en silencio, cadenas que cortan y miradas que hieren. Presa de una vida libre, de la suya, no la tuya.

Una huida a destiempo, llegar tarde a tu vida, ordenar los destrozos y aprender en silencio. La promesa de cerrar ventanas con nadie dentro, el miedo a no volver volar y a que nadie quiera un ave con las alas rotas.

Tiempo…olvido…

Un nuevo comienzo, un salto al vacío, de nuevo…sin red. Y ahí vas, a pecho descubierto, blandiendo una espada ya rota…y con tu sonrisa por bandera.

Y es que siempre supiste ver lo bonito de amar aun sin ser amada.

Por: Alazne Ruiz